Texto de William Romão Reynolds

 

En esta página podemos ver un texto que me envió Jorge Reynolds Bueno, correspondiente a una historia familiar que redactó en su día William (Guilherme) Romão Reynolds Dias.

 

William Romão (Autor del presente escrito)

 

Gracias a la colaboración de Gloria Franco Reynolds, que se ha dado el trabajo de traducir, podemos ver primero el texto en español, y más abajo en inglés. - Gracias Yoya.

Nota : El texto en cursiva ha sido añadido por mí para aclarar los nombres.

 

 

LAS ANDANZAS Y ACTIVIDADES DE CUATRO GENERACIONES

DE UNA FAMILIA INGLESA EN INGLATERRA

ESCOCIA, PORTUGAL, ESPAÑA

Y NUEVA ZELANDA

POR

WILLIAM ROMÃO REYNOLDS DIAS (1842 a 1930)

 

 

Nota: El texto que sigue fue redactado por William Romão Reynolds a finales del siglo XIX o a principios del XX. La historia que cuenta está basada en los recerdos de otras historias que escuchó contar a su abuelo, y muchos datos están cargados de inexactitudes de las que el propio autor no oculta sus dudas.

 

CAPÍTULO 1

 

De 1700 a 1799

Hay dos notas escritas por mi abuelo (Thomas William Reynolds Johnson (TW)), donde dice que el padre de su padre, había nacido en la ciudad de Exeter, Devonshire, en el año 1700, y que murió en 1795, con 95 años de edad.

 

Thomas William Reynolds Johnson (TW)

 

En esas notas, dice mi abuelo ( TW ), que la familia de su abuelo estaba constituida por dos hijas y tres hijos.

Uno de sus tíos había sido el médico forense de la ciudad de Exeter, y el otro, se afincó en Spitalfields, cerca de Londres, como comerciante y tejedor de sedas.

Pero cuando murió el abuelo solamente quedaban tres de sus hijos con vida, su padre y dos tías solteronas.

Así mismo, mi abuelo dice en sus notas, que tras la muerte de su abuelo, su padre, escribió a un amigo en Exeter preguntando por las propiedades que había dejado su padre. La respuesta fue que tierras y casas. Que había dejado un testamento, pero que había sido destruido por las dos tías solteronas.

También dice, que no podía recordar si el nombre de su abuelo era William, Thomas o John. (Pero realmente sabemos que era Robert)

Es extraño que mi abuelo no pudiera recordar el nombre de su abuelo, pero también es cierto, que esas notas fueron escritas en 1863 cuándo él tenía casi ochenta años de edad y estaba muy débil. Parece extraño también que mi abuelo no dio un solo paso para averiguar qué propiedades había dejado su padre.

Pero mi padre, Thomas William Reynolds Hunter (para evitar confusión lo llamaré solo Thomas), en su carta de 19 enero 1897, dice, que tanto su abuelo como su bisabuelo se llamaban Thomas William.

Y si comparamos las fechas, descubrimos que se murió en algún momento entre 1797 y 1799, apenas tiempo suficiente en aquella época para que él pudiera conseguir información completa de Exeter, pues los viajes en aquella época eran muy difíciles y lentos.

Mi abuelo escribió, y solía decir que su madre era Lydia Johnson, hija de John Johnson, de los Johnson del pueblo de Guildford en Surrey, y de Lydia Luxford de Farley, en Kent. Pero en el registro en la iglesia de la parroquia y las otras iglesias de Maidstone, no está registrado el matrimonio entre Thomas Reynolds y Lydia, pero sí entre un Thomas Reynolds y una tal Anne.

Sin embargo yo recuerdo ver un anillo en un dedo de mi abuela (Marion Hunter), un simple aro de oro con el nombre de Lydia grabado en esmalte negro, y ella decía que era un recuerdo de su suegra, pero ya no sé nada más de aquel anillo.

 

Marion Hunter (La abuela)

 

Probablemente desapareció cuando la casa que tenían mis abuelos en Colmswood, en la bahía de Dunedin Harbour, en Nueva Zelanda, ardió, como contaré más adelante, y donde muchas otras cosas de valor y muchos documentos desaparecieron en pocos minutos.

 

1786 – 1809

Mi abuelo (TWR) solía decirnos que a finales del siglo XVIII su padre (TR) se estableció como un comerciante general y proveedor para las fuerzas de Su Majestad en el pueblo de Chatham y como importador de fruta, vino, tapones y corcho virgen de España y Portugal. Por eso cambió de lugar, y se trasladó con toda su familia, desde Maidstone a Chatham y así fue como mi abuelo nació en el barrio antiguo del pueblo, el 11 octubre 1786, y algún tiempo después se habían adaptado a la vida en Chatham, hacia el año 1798.

Mi bisabuelo, (TR) colocó como aprendiz a su hijo, mi abuelo, en la oficina de un amigo, un tal Mr. King, creo, y este amigo colocó a su hijo en la oficina de los negocios de mi bisabuelo, como aprendiz, también.

El trabajo de estos chicos no sólo estaba limitado a las oficinas, sino que estaba relacionado con las compras de tapones y corcho virgen.

El tal Mr. King, fue el bisabuelo de William King, de Perthamboy (Nueva York), y quién es nuestro principal cliente en los Estados Unidos de Norte América.

Éstos muchachos tenían entonces de 13 a 14 años de edad, y mi abuelo, al ser hijo único, era probablemente mimado y odiaba trabajar en la fábrica durante el día y tener que tomar sus lecciones por las tardes, y cuando el otro chico y él coincidían en sus caminatas juntos, a través de las dársenas, y sobre el pueblo, lo que ocurría a diario, ya que eran grandes amigos, no hablarían de nada más que de marcharse a vivir aventuras en el mar.

El mundo estaba sufriendo un estado de miedo y de descontento por los horribles resultados de la Revolución Francesa.

La revolución estaba dando un vuelco al viejo orden de las cosas, había conflictos continuos por todas partes del mundo, y estos dos muchachos no escuchaban nada más que hablar de batallas ganadas y batallas perdidas, sintiendo cada día más entusiasmo por salir a luchar contra Bonny (sic) como acostumbraban a llamar a Bonaparte.

Así que una noche, cuando una fragata de guerra se encontraba anclada en el Medway, esperando a que su capitán subiera a bordo con el resto de la tripulación, los dos muchachos se metieron en un bote, y tan en silencio como podían, se acercaron a la nave.

Mi abuelo dirigía el bote, porque siempre era el líder para todo lo que hacían juntos, mientras que el otro muchacho permanecía en la proa del pequeño bote, preparado para coger las cadenas de las anclas.

Cuando llegaron a la nave, cada uno trepó por una de las cadenas, saltando ambos a la vez sobre la cubierta, y dejando que el bote se fuera a la deriva con la marea.

Se deslizaron por la desértica cubierta y entrando por la escotilla más próxima, fueron a esconderse entre los barriles y cajas de tiendas que habían sido cargadas el día anterior.

La fragata dejó el Medway en la siguiente subida de marea, poco después de que el capitán hubiera subido a bordo con el resto del equipo.

La tripulación dispuso todo lo necesario, y al amanecer subieron las anclas y navegaron rápidamente hasta estar mar adentro. Siguiendo estrictas ordenes de las autoridades navales, ninguno de ellos tendría ninguna relación con intrusos hasta que la nave zarpara, y el capitán tenía instrucciones de no abrir sus órdenes de navegación hasta no estar en medio Golfo de Vizcaya, y después actuar de acuerdo a dichas órdenes.

Era enorme la consternación en la casa de mis bisabuelos cuando su hijo no llegó a hora acostumbrada, y mayor su angustia cuando la noche terminó sin que apareciera.

Y no menos era la alarma del Sr. King y de su esposa, cuando su hijo tampoco aparecía.

Y aquellos temores aumentaron cuando, al día siguiente, les dijeron que un pequeño bote había sido encontrado abandonado en la orilla del río.

No obstante, les tranquilizó saber que ningún cadáver de ahogado había sido encontrado en ningún lugar por las partidas de búsqueda que habían enviado, y cuando los funcionarios les dijeron que ambos niños decían con frecuencia que se escaparían al mar, a la primera oportunidad que tuvieran.

Sus padres terminaron por pensar que era más probable la opinión general de que habían huido probablemente en la fragata, que era la única nave que había salido la noche en que habían desaparecido los niños.

La desaparición de su hijo fue un tremendo golpe para su padre, y esto, unido al mal estado del comercio, terminó por afectarle hasta el punto que empezó a enfermar. Pero su esposa, a pesar de su gran pena, mantenía bastante alto su ánimo, y trataba de convencerlo de que su hijo aparecería pronto, o que tendrían noticias de él, pero al mes de aquello falleció sin recibir noticias de los muchachos. Se puso peor y peor y se murió sin saber que su hijo estaba bien y que progresaba en la profesión que había escogido.

Con fuerte brisa del noroeste, la fragata navegó rápidamente por el canal, y cuando llegó a mar abierto en el Golfo de Vizcaya, con sus oficiales alrededor de él, el capitán abrió la carta con las instrucciones que había recibido de las autoridades navales que de nuevo hablaban de no comunicarse con ninguna otra embarcación, evitar las embarcaciones del enemigo, y navegar tan rápido como pudieran para reunirse con la flota británica que se encontraba de crucero cerca de las islas Baleares. Deberían entregar los despachos en mano al Almirante que comandaba esos ejércitos.

Sabiendo cómo actuar y esperando a que mejorase el tiempo, ordenó a uno de sus suboficiales de marina que bajara a la bodega con dos hombres, y comprobara que las cajas de tiendas que habían sido contratadas estaban bien almacenadas.

Así fue como los dos muchachos fueron encontrados, aunque más muertos que vivos, debido a la falta de alimento y a los mareos, y así fueron subidos a la cubierta en los brazos de los hombres.

Recobraron el conocimiento cuando el capitán les hizo beber una copa de brandy mezclada con agua, y les dijo que aunque ellos eran hijos de gente buena, él los haría limpiar cada día, la ropa del personal del barco, como castigo por introducirse de polizones en una nave.

Aunque siempre les trató bien, les amenazó y se mostró muy enojado porque él tendría que pagar la subsistencia de ellos, mientras fueran polizones en su embarcación.

Esta injusta costumbre, de que los capitanes del cuerpo de la marina del Reino Unido, pagaran de sus sueldos el sustento de los polizones que aparecían en sus barcos, se hizo insoportable cuando se convirtió en una práctica diaria, pues eran muchos los muchachos que se hacían polizones. Fue necesario cambiarla, cosa que hicieron las autoridades navales, llegando a hacerse ellas las responsables de la manutención de los polizones, conforme fuera su clase social.

En varias ocasiones, escaparon por poco de ser capturados por los enemigos. De hecho, una vez tuvieron que alejarse a toda vela de un buque de guerra francés, más grande, pero más lento que ellos. Aún así, se libraron por poco de sufrir daños en aparejos y velas, ya que las balas de los cañones enemigos les pasaron muy cerca.

Navegaron a continuación, sin encontrarse con otros peligros, hasta encontrarse con la flota británica algunos días después, y el capitán le entregó al almirante, los despachos que le habían sido confiados. El almirante le ordenó unirse a la flota.

Algunos encuentros con los enemigos tuvieron lugar alrededor de las Islas Baleares, en los que murieron algunos guardiamarinas, y para alivio del capitán de la fragata, los dos muchachos fueron evaluados y nombrados guardiamarinas.

Desde allí la embarcación recibió la orden de viajar a Sudamérica, y desde allí a Las Antillas.

Algunos años después, los dos muchachos volvieron a Inglaterra y cuando consiguieron un permiso, fueron a sus casas.

Mi abuelo encontró a su madre, viuda, y luchando duramente para mantener el negocio, pensando sólo en su hijo.

Algunas diferencias de opinión surgieron entre ellos, ya que su madre quería que él dejara a la marina, y él naturalmente, deseaba quedarse en la profesión que había elegido.

Él quería muchísimo a su madre, y abatido por la tristeza y el dolor que había causado a sus padres, accedió a dejar el servicio a la Marina, y gracias a su influencia con las autoridades navales, consiguió fácilmente su baja, y también la de su amigo.

Muchos años después, 1858/59, cuando vivíamos en la finca de ovejas de mi padre, en Otara Point, cerca de Toi–Tois, Otago, en la costa de Nueva Zelanda, a unas cien millas de Dunedin, en las largas noches de invierno, sentados alrededor de un fuego inmenso en la habitación que servía de cocina, comedor y lugar de reunión, mi abuelo nos contaba las aventuras de su juventud, y cuando llegaba a la parte en la que abandonó la Marina siempre terminaba diciendo “Bother my wig” (Literalmente: “Por mi peluca”) “¡ Por mi peluca! Si yo no hubiera abandonado la Marina sería ahora Gran Almirante de Inglaterra en vez de ser el arbusto que crece en este país salvaje”

Y todos nosotros creíamos que él habría llegado realmente a serlo ya que tenía la facultad de comandar y gobernar gentes de tropa.

La expresión o juramento de "Por mi peluca" procede, indudablemente, de cuando los hombres llevaban pelucas.

No conozco mucho de cómo se llevó la empresa hasta 1809. A partir de esa fecha, el negocio fue llevado por mi abuelo y su madre.

Un año después, en 1810, mi abuelo se casó en Escocia con Marion Hunter, quinta hija de Robert Hunter y Elizabeth Murray, el hijo de John Hunter y de Helen Murray, agricultores de Humbie Mains. Robert Hunter también fue agricultor.

No sé por qué mi abuelo fue tan lejos, al norte, para encontrar una novia, pero he de decir aquí también que en Peeblesshire hay una lápida con el siguiente epitafio - (espacio dejado en blanco)

Ni sé mucho sobre su noviazgo. Mi abuela solía contarnos que mi abuelo montaba a caballo desde Edimburgo hasta la granja de su padre casi todas las tardes, y que un día, cuando ella le estaba esperando , se subió a un árbol que crecía al borde del camino que separaba la granja de las parcelas de potros de su padre, y cuando mi abuelo pasó a lomos del caballo, ella agitó las ramas del árbol para asustar al caballo, que comenzó a correr casi desbocado, con el consiguiente malestar y riesgo para el jinete, que escuchaba las risas de ella, y que sabía perfectamente quien era.

Años después, cuando nuestra abuela nos contaba lo que había hecho, mi abuelo replicaba que durante varias semanas no volvió a visitarla, y cuando volvió a verla, él no le dijo nada al respecto, y siguió tan cariñoso como siempre.

Resumen del capítulo anterior:

En este capítulo vimos que una empresa de importancia fue iniciada por mi bisabuelo, primero en Maidstone y después en Chatham, y cómo tras su muerte temprana, el negocio fue llevado por su viuda, hasta que su hijo regresó y llevaron conjuntamente la empresa.

 

 

CAPÍTULO 2

 

1809 – 1836

Dos años después, en 1811, encontramos a mis abuelos viviendo cerca de Londres, desde donde podían oír las campanas de la Capilla Bow (Capilla de la Reverencia)

Cuando nació mi padre Thomas William Reynolds ( sólo Thomas en mis apuntes ), el día 29 de Septiembre de aquel año (1811), y bautizado por el reverendo Robert Young en la Iglesia Parroquial de Santa María, Newington, Londres, se sintieron muy orgullosos de que su hijo hubiera nacido bajo el sonido de las campanas de la Capilla Bow, y de que fuera londinense.

Puedo también mencionar aquí, que mis abuelos, cuando estaban en Inglaterra, asistían a los cultos de la Iglesias Escocesas , y también a las Capillas Independientes, si esto era porque mi abuelo era un independiente o porque mi abuela era una presbiteriana de la Iglesia Establecida de Escocia, no lo sé, pero ambos contaban que todos sus hijos habían sido bautizados por sacerdotes independientes, y sus nacimientos registrados en la “Somerest House ” y no en las iglesias de las parroquias donde habían nacido.

Pero siempre entendí que los parientes de mis abuelos en Exeter, lo fueron de la Iglesia de Inglaterra, y que algunos de sus antepasados eran clérigos de esta iglesia al igual que todos los Reynolds de Devonshire, como el padre de Sir Joshua Reynolds y algunos de sus tíos, todos ellos clérigos y directores de las escuelas de allí, y por lo tanto de la Iglesia de Inglaterra.

Pero los hechos nos dicen que asistían al principio a las Iglesias Escocesas y luego a la Iglesia Libre de Escocia, mientras que la mayoría de los Hunter permanecían dentro de la Iglesia Establecida de Escocia. Mi padre, que no era de manera alguna un disidente, sostuvo que la separación en la antigua “Kirk” (Iglesia Presbiteriana de Escocia), por la cual la Iglesia Libre se escindió, fue debido a la ambición de los promotores de la división o de la separación, especialmente del Dr. Chalmers, porque las diferencias que existían entre ellos, principalmente por ver quien sería el dirigente, eran tan insignificantes que se podría haber encontrado una vía que evitara dicha división

Y el tiempo, que lo prueba todo, ha demostrado que él y otros que pensaban como él, estaban en lo cierto. Porque ahora vemos que la Iglesia Libre de Escocia está compuesta solamente de algunas personas obstinadas, mientras que la mayoría se han unido a la Iglesia Establecida de Escocia.

Mi padre nos decía que su prima Elizabeth Jamieson, casada con su primo el Dr. Jamieson D. D., un predicador famoso de Glasgow, que al principio del movimiento estaba inclinado a unirse al partido disidente, empleó una estratagema para convencer a su marido en sentido contrario. El día que se iba a reunir con los ministros de la iglesia disidente, ella le preparó de desayuno un plato con un solo arenque salado, y cuando él le preguntó qué significaba esa economía, ella le contestó que ésa sería la única clase de desayuno que él conseguiría durante muchos años más si dejaba una iglesia rica para unirse a una pobre, como era la Iglesia Libre.

Esta advertencia de su esposa, provocó el efecto de que siguiera dentro de la Iglesia Establecida de Escocia.

Después de la división (de la iglesia), la familia en Inglaterra y después en Nueva Zelanda, asistía siempre a las capillas de la Iglesia Libre, porque Otago puede decirse que fue elegida sólo como una colonia para los que se adhirieran a esta iglesia, y mis tíos William Reynolds Hunter y James Macandrew, eran Mayores en la Primera Iglesia de Dunedin con el Dr. Burns, sobrino del poeta, y primer Ministro.

Un incidente con mi abuela sucedido en 1857/8, en aquella iglesia, creo que es digno de mencionar aquí, que demuestra el genio que tenía esta anciana señora.

Ella siempre llegaba tarde a la iglesia, y los mayores de la familia no querían esperarla, así que un día, me pidieron que la esperara y que la acompañara a la iglesia, cuando el resto de la familia estaba ya allí.

La esperé cerca de media hora, hasta que bajó de su habitación vestida con sus mejores ropas, pues era una señora muy presumida, y caminamos enérgicamente por las afueras y a través de la ciudad hasta llegar a la iglesia, pero cuando llegamos allí, las puertas habían sido cerradas, mientras el Dr. Burns estaba recitando sus largas oraciones , lo cual causó que mi abuela se mostrara muy enojada, ya que por su reloj, el predicador había comenzado sus oraciones bastante antes de lo usual.

Cuando se abrió la puerta, ella voló más que caminó sobre el pasillo, con un estado de ánimo poco cristiano. Para colmo de males, un joven emigrante que había llegado aquel día, y había visto la iglesia abierta, se había sentado en el primer asiento vacío que había junto a mi padre , que al ver que era forastero, le había dado un libro de salmos para que pudiera seguir los oficios religiosos. Cuando mi abuela llegó a nuestro banco buscando su asiento, furiosa y enfadada por haber tenido que esperar fuera tanto tiempo, y viendo que su sitio estaba ocupado por un extraño, y que el forastero no era más que un muchacho, lo cogió por la oreja izquierda y lo obligó a salir de aquel asiento.

Mi padre se levantó de su asiento para que su madre y yo pudieramos pasar a tomar nuestros asientos, y cuando ya estábamos sentados, cogió al joven forastero por su brazo e hizo que ocupara el sitio que él había dejado junto a mí. Él fue a sentarse en uno de los escalones del púlpito. Todo esto sucedió sin una palabra ni un susurro, ni siquiera con una sonrisa de la congregación.

Afortunadamente, nuestro banco estaba muy cerca del púlpito, y pocos feligreses se enteraron del incidente. Pero el Dr. Burns lo vio todo desde arriba, pues se preparaba para dar su largo sermón. Todos conocían bien a mi abuela y el origen escocés mantuvo su seriedad.

En 1815 mi abuela y mi padre, él un niño de cuatro años de la edad, estaban en Edimburgo, en una visita a mi bisabuela Hunter, y otro incidente sucedió entonces, que demostró el genio interspectivo de esa familia. Mi padre era entonces hijo único, pues su hermano el primer Roberto, había muerto muy joven, y aunque su madre era una madre muy estricta con él, el niño debía haber sido muy mimado , especialmente por su padre.

Él usaba entonces, un sombrero con una pluma del avestruz del que estaba muy orgulloso, y mientras que los mayores hablaban, él jugaba a cabalgar sobre el bastón de su abuela, como si fuera un caballo, fusta en mano haciendo mucho ruido, dando vueltas y vueltas por la habitación, para gran entretenimiento de su abuela y de sus dos tías más jóvenes, Mary y Christian, pero su otra tía Elizabeth, muy enfadada, cuando en una de las vueltas pasó cerca de ella, muy enojada, le quitó el sombrero de la cabeza y lo tiró al fuego de la chimenea. Afortunadamente, su madre estaba sentada cerca del fuego y sacó el sombrero evitando que se quemara, pero la pluma quedó hecha cenizas.

Mi padre, lleno de ira se fue para su tía amenazándola con el bastón y la fusta , pero su madre lo detuvo y mientras su tía Elizabeth salía del cuarto, el resto se mantuvo en completo silencio.

En 1820 volvieron de nuevo a Chatham donde mi abuelo dirigía el negocio, especialmente con los alcornoques y con el corcho virgen procedente de España y de Portugal, los primeros de Cataluña, y el último de Setúbal, del Algarve, y de Lisboa.

En Chatham y en este año, había nacido mi tío Robert Reynolds Hunter, y la familia continuaba viviendo en esta ciudad, pues vemos que mi tío William Reynolds Hunter también nació allí el año 1822.

Algún tiempo después, mi abuelo tuvo una dolencia del hígado, y su médico lo aconsejó hacer a un viaje largo por mar, que le haría mejor que toda la medicina que él le pudiera prescribir, y mi abuelo, que aceptó su consejo, viajó a Oporto en un velero, pues el vapor todavía no había substituido a las velas, y allí vio una buena ocasión de ampliar su negocio.

No sé cuándo la familia dejó Chatham definitivamente para instalarse en Oporto, pero mi tía Eliza nació en esta ciudad en 1827. Así mismo, el negocio de Chatham fue vendido por aquellas fechas a un tal Sr. Pastor probablemente cerca del momento de la muerte de la madre de mi abuelo.

Parece ser que habían admitido como socio en el negocio a John Hunter, el hermano mayor de mi abuela, y aquella situación le causaba muchos problemas a mi abuelo, por lo que decidió vender su parte del negocio. No obstante, aquellos apuros no afectaron la buena relación con el resto de la familia de John Hunter, porque su hijo Robert Hunter, viajaba a Oporto, quedándose en la casa de mi abuelo. La relación empresarial con John Hunter debió terminar mal porque mi abuela solía decir que todos los John de su familia habían sido “Naves negras” (Ovejas negras)

Yo me preguntaba, si cuando ella decía eso, incluía también a su abuelo John Hunter, el granjero.

Lo desafortunada que fue esa familia y de cómo se vinieron abajo, pude saberlo cuando visité a finales de 1868 la casa de David Hunter, hermano de mi abuela, que vivía con sus tres hijas, y con Bessie Hunter, la hija mayor de John Hunter. Tenía otras hijas de una segunda mujer a las que también conocí en Edimburgo.

---- (Aquí falta texto, y parece que William Româo se hubiese olvidado de lo que iba a decir, o se saltó una página si es que estaba copiando de un borrador . Quizás iba a decir lo que él sabía de la historia de los Hunter de Plomood quienes, posiblemente dado que comprobaron su descendencia de Jaime IV de Escocia, habían apoyado a la casa Estuardo en la sublevación Jacobina de 1745, y que como resultado de esto, acabaron perdiendo sus posesiones.) ----

Lo que sucedió la siguiente noche no lo sé, pero en 1832, cuando mi padre alcanzó la mayoría de edad, recibió una carta de privilegios del gobierno de Don Miguel de Portugal, en fecha 7 de Junio de 1832.

Poco después de que comenzara la guerra civil en Portugal, Don Miguel usurpó la corona de Portugal, en contra de su sobrina Doña María II con el apoyo del gobierno de frailes y monjas, y en contra de su hermano Don Pedro IV, padre de la citada Doña María II, y el gobierno constitucional.

Toda la familia Reynolds estaba, entonces, en Oporto, progresando en los negocios.

El negocio familiar hasta entonces parecía haber aumentado, fortaleciéndose en los mercados de alcornoques, corcho virgen, frutas y vinos que exportaban a Gran Bretaña, y en la venta de algodón, prendas de lana y productos de ferretería.

Mi abuelo había descubierto que la materia prima del corcho, en los alrededores de Oporto, no era ni buena ni abundante, y había oído que más al sur, en el Distrito de Castello Branco, casi 120 millas al sureste de Oporto, e incluso más al sur en la provincia del Alentejo, existían grandes extensiones de alcornocales, y determinó, a pesar del mal momento político del país, viajar hasta allí para explorar esas regiones, desplazándose a caballo, acompañado de un criado en una mula.

Pudo satisfacer su curiosidad sin ningún obstáculo, y todo el mundo parecía dispuesto a darle toda clase de información acerca de la riqueza de la zona hasta que llegó a la ciudad de Castello Branco, que estaba gobernada por un militar fanático “Miguelino”, para el que un ciudadano inglés era un espía del partido liberal, y arrestó a mi abuelo, encerrándolo en una horrible prisión portuguesa.

Afortunadamente, no prestaron ninguna atención al criado que lo acompañaba, que muerto de miedo, emprendió el camino de vuelta, viajando tan rápido como pudo, hasta llegar de nuevo a Oporto, y contarle a mi padre lo que había sucedido.

Gracias a la influencia de un amigo de mi padre, un Miguelete de una cierta influencia con el gobierno de entonces, mi abuelo fue puesto en libertad, y tras recuperar su caballo, que la gente del mesón, probablemente de diferente opinión política que el gobernador de la ciudad, le habían guardado, comenzó el viaje de vuelta a Oporto, a donde llegó bien, sin más queja que la de haber pasado una semana larga en una prisión común portuguesa.

Poco antes de iniciar este viaje, los consulados británicos de Oporto y Lisboa habían publicado una nota de aviso a los ciudadanos británicos residentes en Portugal para que se refugiaran en dichos consulados, pues no podrían defenderlos en ningún otro lugar fuera de estas dos ciudades.

Quizás mi abuelo no había visto este aviso ni estaba incluso enterado de su existencia, pero lo más probable es que no le diera la importancia que tenía, pues además de conocer bien a los portugueses, y que siempre lo habían tratado bien, nunca se le pasó por la cabeza que pudiera ser molestado de ninguna manera . Y probablemente no habría sufrido de la manera que lo hizo si un civil hubiera estado en el gobierno de Castello Branco en vez de un militar fanático Miguelino para el cual un hombre inglés de Oporto estaba claro que era un enemigo de D. Miguel.

Si hubiera llevado consigo la “Carta de Privilegios” que le habían otorgado, es probable que el gobernador de Castello Branco habría actuado absolutamente de diferente forma.

En su vuelta a Oporto y momentos antes del sitio del ejército Miguelino, toda la familia excepto mi padre y su primo Robert Hunter, el mayor de los hijos de John Hunter, partieron de vuelta a Inglaterra.

Pero ellos, sin nada más que hacer que estar al cargo de la oficina y de los almacenes de mi abuelo, donde ya no podían hacer negocios, decidieron unirse al ejército Liberal, en contra de Don Miguel, como hicieron los demás empleados, tanto británicos como portugueses.

En este sitio, las fuerzas enemigas hicieron un intento de tomar la ciudad, atacando ferozmente la fortaleza de la Sierra del Pilar, al noroeste, a través de la orilla del río Duero, mientras los liberales defendían dicha fortaleza.

Mi padre nos contó que después de cerrar la puerta del almacén oyó las cornetas de los cuarteles, llamando a todos los militares y a los voluntarios. Entonces, tras guardarse la gran llave del almacén en el bolsillo derecho de sus pantalones, se apresuró a acudir a los cuarteles, donde estaban reclutando hombres para defender la ciudad.

El ataque y la defensa fueron feroces, con muchos muertos y heridos en ambos bandos, pero el enemigo fue derrotado por completo.

Entre los heridos más graves estaban Robert Hunter y mi padre, el primero herido seriamente y mi padre en el muslo derecho. Ambos fueron llevados al hospital, donde Robert Hunter murió algunos días después y mi padre se recuperó lentamente de la gran pérdida de sangre y de la herida, que curó lentamente.

 

Thomas Reynolds (El padre de William Româo)

 

Contaba que la llave que llevaba en su bolsillo, le salvó la vida, pues la bala golpeó en la llave, que se partió, causándole una herida profunda, pero sin afectarle a la arteria.

Cuando salió del hospital, completamente curado, pero muy débil, la guerra había terminado, D. Miguel había sido desterrado para siempre de Portugal, y él partió para Inglaterra.

Algunos de sus compañeros, oficiales, tales como Griffiths, Nogueira, Reis y otros, intentaron convencerle para que permaneciera en el ejército portugués, pero él contestó que la lucha estaba superada y que los objetivos por los que habían luchado estaban ya asegurados, y que él tenía que ocuparse ahora de su familia, que estaba en una posición muy crítica, con la ruina de su negocio, e intentarían comenzar otra vez partiendo de cero.

Me olvidaba de mencionar que cuando otros británicos que residían en Portugal, sufrieron daños por la revolución, solicitaron indemnizaciones a través del embajador británico en Lisboa, y sólo el nombre de mi abuelo quedó fuera de la lista de aspirantes y nunca consiguió la indemnización a la que tenía derecho por a la pérdida de mercancías y del negocio.

Es muy difícil explicar las razones por las que fue tratado así, pero pudo haber sido porque mi abuelo no obedeció las instrucciones y advertencias de los cónsules.

Aunque el Ministro inglés hiciera todo lo que pudiera para que mi abuelo fuera respetado por la otra parte, el gobierno portugués se serviría de cualquier excusa para no pagar.

También pudo ser que él no estaba en Lisboa para abogar por su causa correctamente, pero el caso es que él nunca consiguió la indemnización, mientras que otros con menos razón consiguieron lo que solicitaron. Algunos recibieron mucho más de lo que habían perdido.

Mi padre no había pasado mucho tiempo en Inglaterra cuando lo encontramos de nuevo en Lisboa consiguiendo una nueva Carta de Privilegios, en otoño de 1834, la cual todavía conservo y que reza como sigue:

(Aquí sigue la carta de privilegios, primero en portugués y después la traducción en inglés. No la incluyo aquí, pero hay dos fotocopias del documento, y una fotografía de la carta original, entre los papeles de la familia, junto con la traducción de mi suegro.)

Nota: La citada Carta de privilegios puede verse en: CARTA DE PRIVILEGIOS

No sé cuándo la familia salió de Inglaterra otra vez para Portugal y vivió esta vez en Lisboa, cuando mi abuelo en solitario continuó el mismo negocio que tenía en Oporto, pero debe haber sido cuando Portugal estaba otra vez en paz hacia 1835/36. Aquí debo incluir la versión de mi padre de qué sucedió entonces en Lisboa:

(Texto de Thomas Reynolds Hunter)

<<Cuando el negocio que mi padre tenía en Lisboa se arruinó por la pérdida de 3,000 £, por la pérdida de la Compañía James Burns and Co. London, yo conseguí un empleo en el interior para la gran casa de Lindenberg & Co.

Al volver a Lisboa me ofrecieron ayuda, y comencé un negocio en el Alentejo como cultivador y comerciante de corcho.

Cuando regresé a Lisboa, encontré a la familia de mi padre en la pobreza y pasando privaciones, y como me correspondía por ser muy afortunado, me hice cargo de la familia; de mis hermanos Robert y William, de 16 y 14 años, pagué la deuda de mi padre, y envié a mi madre y a mi hermana, una niña de siete años, a Escocia para su educación, la cual se completó en un internado para señoritas cerca de Londres .>>

De nuevo, una obstinada mala suerte afectó al negocio, pero vemos a mi padre ocupándose generosamente del cuidado y el cargo de la familia.

Cuando en algún momento de 1835 lo encontramos pesando corcho en el valle de Amoreira, situada exactamente antes de que llegues al Mouchão, camino de Don João, - la pila (de corcho) estaba justo debajo de la casa sobre el Monte de Amoreira -, con el Tío Juanito el Gallego, como guarda del corcho pesado.

Muchos años después, en Mayo de 1875, cuando mi padre fue con nosotros a Don Juan, me señaló el sitio donde había comprado y pesado su primer lote de corcho, comprado cerca de aquí.  

No sé cómo Tío Juanito y José do Porto, que fueron empleados de mi abuelo en Oporto, se encontraron con mi padre tan lejos en esta zona, pero supongo que eran empleados de mi abuelo en Lisboa y se vinieron aquí cuando todos se mudaron. También he de contar aquí como estos dos hombres se convirtieron en trabajadores de mi abuelo.

Tío Juanito solía decir que el nació en Cádiz sobre el año…….., aunque tanto su padre, que era marinero, como su madre eran gallegos. Era un hombre de estatura baja y algunas veces más andaluz en sus formas que gallego, si bien su habla traicionaba sus antecedentes del norte ya que era una mala mezcla de español y portugués. Estaba orgulloso de ser una persona fácil de llevar y siempre alardeaba de lo que podía hacer con una pulga que tenía debajo de su brazo, con un cuchillo de caza así como también presumía de haber estado aquí, allí y por todos lados. Y un día mi esposa Eliza Reynolds, por orden de su padre, mi tío Robert, comenzó a anotar lo que él decía, dónde había estado trabajando, y cuando se sumaron los meses y los años, resultó que debía tener por entonces más de cien años cuando en realidad tenía sesenta. Hasta bien mayor, fue guarda en la factoría y murió como pensionista del viejo Estado.

Un incidente ocurrió en el otoño de 1870 que demostró que tipo de guarda era el viejo Juanito. Fui invitado por Pedro da Silveira y su hermano el Padre João a asistir con ellos a un baile a casa de José María Cortés en Veiros, donde su esposa y Doña Leonor su sobrina habían preparado una opípara comida típica del Alentejo para sus invitados.

El tiempo era aún muy caluroso así que salimos tarde para Veiros, Pedro da Silveira en su yegua y yo en el viejo Alburquerque, el caballo que José Braz solía montar y llamado así porque había sido comprado en Alburquerque. Fue un baile muy entretenido, pero nosotros dos, Pedro da Silveira y yo, nos fuimos a las dos de la tarde para Estremoz y al llegar a la puerta del patio no pude hacer que el viejo Juanito oyera ni mis golpes en la misma ni los golpes que el caballo daba también con sus grandes cascos.

Cansado ya de golpear fuerte y de llamar a gritos, decidí saltar el muro y cabalgando al lado del mismo fui capaz de saltarlo y llegar al patio. En el momento en que salté desde la silla de montar hasta el muro, el listo del caballo se dio la vuelta de nuevo y se dirigió hacia la puerta, donde comenzó a golpear con más fuerza que antes con los cascos de sus patas delanteras. La sorpresa del viejo Juanito fue grande cuando le desperté de su profundo sueño, ese del que ni los fuertes golpes ni los gritos habían conseguido despertarle. Me preguntó cómo había conseguido entrar y cuando se lo conté, se fue tranquilamente a abrirle la puerta al caballo impaciente que seguía golpeando cada vez más fuerte para que le dejaran entrar.

José García, que era el nombre correcto de José do Porto, era el hijo de un conocido comerciante de Tuy, ciudad gallega a la orilla del río Miño, en la frontera entre España y Portugal. Tenía una familia muy numerosa y su padre quería que estudiase para convertirse en sacerdote, si bien José nunca llegaría a serlo ya que mientras su padre insistía en ello, él huyo de su casa bien joven hacia Oporto, donde mi abuelo le encontró en la calle en un estado de total indigencia y le dio trabajo en sus almacenes, donde fue durante muchos años uno de nuestros principales clasificadores de láminas de corcho. Murió a una edad muy avanzada como pensionista del Estado.

Por entonces, en 1835/36 se abrió la primera fábrica de corcho en Santiago do Escoural, lugar donde mi padre conoció a mi madre por primera vez en uno de esos naranjales tan famosos por sus frutos dulces y jugosos, adonde él había ido a comprar naranjas.

Fue en la Quinta do Rosario donde se vieron, ella tenía 17 años recién cumplidos y el iba a cumplir los 25. Esto ocurrió a principios de la primavera, cuando el lugar parecía un pedazo del Paraíso; las ramas de los naranjos dobladas llegando casi hasta el suelo llenas de sus frutos y cubiertas con las blancas y suaves flores de olor dulce, los ruiseñores llenando con su dulce música no sólo la Quinta sino todos los bosquecillos de alrededor, las orillas de los múltiples riachuelos todavía con agua que fluía hasta la corriente mayor. Había todo tipo de jaras desde las altas con flores blancas hasta las más pequeñas con flores de color magenta o con pequeños capullos blancos también en flor.

Ella era una delicada belleza portuguesa en los inicios de su esplendor como mujer; si bien durante su infancia tenía el pelo claro y ondulado, para acompañar a sus ojos negros, el color del pelo era por entonces oscuro aunque su piel era tan blanca como cuando era niña y así se mantuvo toda su vida, un rasgo difícil de encontrar entre las mujeres del campo y probablemente heredado de la familia de su madre, llamada Branco-White.

 

Gertrudis Dias Branco (Madre de William)

 

Desde muy pequeña el sacerdote de su parroquia, el Padre Joaquim de Amorim le enseñó a leer y a escribir. Él fue quien la bautizó y era un gran amigo de sus padres. Fue criada por su madre de manera que supiera hacer todos los trabajos de la casa, que si bien no era rica, gozaba de muy buena reputación. Muy pocas de las mujeres de su misma condición e incluso de clases superiores eran tan completas como ella quien además estaba considerada como la chica más guapa de la zona, lo que cautivó a mi padre.

Mi padre medía casi seis pies, estaba bien formado, era fuerte y tenía el pelo claro y rizado. Su complexión era muy buena y en palabras de José do Porto, José Braz y otros, era el inglés más guapo que había en Portugal. José do Porto solía contar que en una ocasión fue enviado a Sevilla a arreglar algunos temas relacionados con el corcho de mi padre en los almacenes del Palacio de San Telmo, y que no había en aquella feria de entre todos los hombres, españoles y extranjeros, ingleses, escoceses, e irlandeses de Gibraltar, que habían asistido a la misma, un hombre tan apuesto como mi padre.

Se encontraron a menudo y así fue creciendo un fuerte vínculo entre ellos, pero mi padre era protestante y la familia de mi madre católica romana y por ello no aprobarían el matrimonio ya que ella era aún menor de edad. Y para complicar las cosas aún más, la familia de mi madre a través de un tío del padre de mi madre, que era sacerdote en Lisboa y tenía gran influencia en Évora con el arzobispo de allí, logró que ninguno de los sacerdotes de la zona se atreviera a casarles.

Bajo estas circunstancias tan desfavorables la pareja se fugó y mi padre, teniendo el permiso de un sacerdote para casarles, proveniente del Patriarca de Lisboa y a través del vice-consul británico en Lisboa hizo posible que se casaran en Chamusca, la ciudad más cercana a ellos fuera de la diócesis de Évora y dentro de la jurisdicción del Patriarca. (Según otra fuente se casaron el 14 de febrero 1837, en Vila Nova da Barca, concelho de Montemor-o-Velho)

Resumen del capítulo anterior:

En este capítulo vemos como el negocio fue vendido a Mr. Parton o Parkton, después de 60 años o más tanto en Maidstone como en Chatham, y como mi abuelo estableció su empresa en Oporto durante más de 10 años; con la ayuda de mi padre el negocio se mantuvo hasta que estalló la revolución entre los liberales y los absolutistas en Portugal.

El mismo negocio que exportaba a Inglaterra alcornoques, madera de corcho, frutas y sal y que importaba a Portugal tejidos y material de ferretería era dirigido en Lisboa por mi abuelo y por mi padre en cuanto al corcho solo en el interior; fue mi padre quien solo y de manera independiente fue llamado a Lisboa, pagó las deudas de su padre ya que le había ido bien en su aventura independiente con el corcho, y quien abrió la primera fábrica de corcho en Santiago do Escoural, siendo su primera operación con una parcela de alcornoques de Amoreira, de la cual extrajo el corcho y lo preparó parcialmente para su envío.

 

 

CAPÍTULO 3

 

En el verano de 1837 todos se mudaron a Vila Viciosa, donde la familia al completo excepto mi abuela y mi tía Eliza quienes por entonces vivían en Glasgow y cuya dirección era Mr.John M…….., Leather Merchant, St. Andrews Square, Glasgow, a la cual se dirigía la manutención de mi padre; mi abuelo, mi padre, mi madre y mis dos tios Robert y William de 16 y 14 años de edad respectivamente, vivían en la casa de tiro de Tapada de Vila Viciosa, donde mi tío William estuvo muy enfermo con fiebre y quien tiempo después en Nueva Zelanda solía contarnos que de no haber sido por los buenos cuidados y la atención de mi madre, no habría sobrevivido a su enfermedad y habría muerto. También solía decirnos que se puso tan enfermo por comer muchas cerezas, pero con más probabilidad lo que tuvo fue un episodio miasmático que se propagó por aquél entonces en esa localidad.

A principios de 1838 se mudaron a Alburquerque. Por qué hicieron eso es difícil de saber ya que a medida que se iban alejando más de los puertos más dificultades tendrían a la hora de transportar las mercancías etc. La única razón que se me ocurre ahora es que los bosques de alcornoques eran más numerosos y más desarrollados que en Portugal y que por tanto allí tendrían un mejor entendimiento del corcho.

En Alburquerque, unas 39 millas al este de Vila Viciosa, establecieron su residencia en lo que anteriormente fue un convento de monjas de la ciudad y vivieron allí durante cuatro años, colocando en su gran patio las calderas para cocer el corcho y los cobertizos para almacenarlo.

Por un viejo diario de mi padre de fechas comprendidas entre el 5 de marzo de 1838 y el 23 de junio de 1842 sabemos que no solo trataron con el corcho, sino también con pieles, cueros y que mi abuelo, no sólo trabajó el corcho, sino que haciéndolo enseñó a José do Porto, Thomas Escobero y a otros hombres.

El conocimiento que adquirió sobre los diferentes tipos de corcho válidos para el mercado inglés y escocés con el negocio de Chatham, le fue de gran valor a la empresa. Aunque mis dos tíos eran muy jóvenes, ayudaron sin embargo a su padre en la selección del corcho no sólo en Alburquerque sino en Puebla de Obando, Puertasuelo, Plasencia, Zahinos, Areacena en España y en Portalegre, Abrantes, Vila Real y Faro en Portugal y en el Algarbe.

Por entonces fue cuando mi padre comenzó a alquilar alcornocales, entre ellos Azagala, Piedra Blanca, Mayorga y otros. Todo el trabajo se hacía a caballo y el transporte de la mercancía se hacía en mulas a Abrantes y a otros lugares de la ribera del Tajo, sin telégrafos ni autopistas ni puertos, todo era lento e inestable.

Mi abuelo solía decir que la razón por la cual él estaba tan doblado de modo que a sus 60 años tenía que andar con dos bastones en sus manos, era porque el carro en el que iba a uno de estos lugares volcó y su tronco quedó atrapado dañándose gravemente la espalda.

También contaba que la primera vez que fue a Puebla de Obando, donde tenía que clasificar el corcho que tenían allí, preguntó a la dueña de la posada qué podría prepararle de cena y esta le respondió que nada, pero él, viendo muchos pollos corriendo por el lugar le pidió que matara uno y que se lo cocinara con arroz y bacon a lo que la mujer respondió que no mataría a sus pollos, si bien su marido, que entraba en ese preciso momento, y quien tenía más cariño al dinero que a los pollos, la convenció para que matara a una de las aves de corral y la cocinara de la manera en que mi padre se lo había pedido.

Él siempre llevaba consigo una lata con té ya que por mucho que quisiera no podía conseguirlo en España, y cuando le pidió a la mujer si podía preparárselo, ésta la preguntó que era, y él en un mal español le contestó que “unas ervas” (unas hierbas), a lo que ella, pensando que eran berros dijo que sí. Y aunque sorprendida al ver un puñado de hojas secas y tan pocas, se las llevó a la cocina.

Tras decirle que le avisara cuando la cena estuviera lista, se retiró a la habitación que le habían asignado a descansar un poco después de su viaje desde Alburquerque. Cuando le llamaron, disfrutó de una buena cena consistente en el pollo bien cocinado con arroz y bacon, un vino pasable, buena fruta y un buen pan blanco del cual dio buena cuenta ya que estaba hambriento: pero cuando le trajeron el té, éste venía frito en aceite de oliva tal y como los españoles y los portugueses cocinan sus verduras, especialmente los berros.

Controlando su temperamento lo mejor que pudo, si bien estuvo tentado a explotar de ira, le dijo a la mujer que esa no era la manera de preparar el té y se fue a la cocina, cogió una cacerola y se preparó con éxito su té ya que había oído que los colonos se preparaban su té. Lo bebió de una de las pequeñas tazas para chocolate que toda ama de casa española tenía a mano, que aunque chica, le dio el apaño.

A partir de entonces nunca más tuvo problemas con su té en esa posada ya que la mujer tras la primera lección siempre le preparó su té correctamente.

En Febrero de 1839 vemos que mi abuelo dejó Plasencia por Alburquerque y en el mismo mes viajó a Sevilla, Tavira y Faro para quemar y clasificar el corcho que tenía allí para su inmediato envío a Londres.

Mi tío, entonces un hombre joven de 17 años le ayudó. Los fardos de este cargamento llevaban la marca de Thomas Reynolds (TR) en pintura blanca, las iniciales de mi abuelo y de mi padre y las cuales fueron la marca de todos los fardos hasta que mi abuelo Roberto vivió en Azaruja en 1851, y los fardos de esa fábrica siempre fueron RR. La primera fábrica de corcho en Jerez de los Caballeros estaba en las tierras de Don Manuel Conejo en Zahinos y no en Oliva.

Como no pudo hacer negocios con el catalán Juan Guinat, mi abuelo volvió a Alburquerque desde el Algarve en ese mismo año dejando a su hijo William en Vila Real de sao Antonio para que enviara por barco el resto del corcho que tenían allí en fardos todos con la marca TR. De nuevo vemos a mi abuelo viajando al sur hacia Zahinos a supervisar la clasificación del corcho apilado en las tierras de Don Manuel Conejo delante de su casa, y donde mi tío William tenía que encontrarse con él desde el Algarve.

En los años 1838/39 Juan Fragoso pasó a ser empleado. Había estado en el ejército español donde aprendió a leer y a escribir, lo cual era un don extraño entre las clases bajas españolas por aquel entonces, e incluso entre las más altas muchos eran analfabetos también. Era de Brozas, en la provincia de Cáceres y acababa de casarse con su hermosa esposa Quintina, la madre de Carlos, Petra y Francisco, hermanastras de Francisco, Aniceto y Maria Fragoso, de un segundo matrimonio de Juan Fragoso.

Fragoso y sus mujeres siempre vivieron cerca de nosotros en el Convento de los Monjes Descalzos en Alburquerque, en la Quinta do Carmo, y aquí en Estremoz.

Por aquel entonces había un rumor en el pueblo acerca de un fantasma que solía aparecerse en el patio del convento como una monja y mientras Juan Fragoso fue guarda en la fábrica de corcho se dirigió a mi padre y le dijo que también él había visto al fantasma en el patio.

Mi padre se rió y le dijo que como un soldado viejo que era no debería creer en fantasmas y le dio un rifle cargado advirtiéndole de que tuviera cuidado a ver si en lugar de disparar a un fantasma iba a disparar a un hombre o a una mujer en su lugar. La noche siguiente, mientras Fragoso vigilaba bajo uno de los cobertizos del patio, vio al fantasma saltando desde el muro de enfrente hacia el patio y cruzando hacia él, y mientras la aparición hacía esto, él se dio cuenta de que era un hombre por la manera en que había saltado el alto muro hasta el patio.

Y cuando Fragoso fue hacia él y le dijo “que te mato, que te mato”, apuntándole con el rifle, se oyó con pena: “por amor de Dios, no me mate, Señor Fragoso, porque soy yo”. Fragoso solía decir que aunque él estaba convencido de que no era un fantasma, de lo que no estaba seguro era de cual de los dos estaba más asustado, si él por el miedo de tener que disparar al hombre o el hombre en estado de pánico por poder ser disparado.

Cuando se le preguntó al hombre por qué se había disfrazado de aquella manera, éste respondió que era para encontrarse con una mujer que vivía al otro lado de las murallas de la ciudad. Algunas semanas después este hombre fue encontrado muerto de noche en una de las calles, según se decía a manos del marido agraviado.

Sobre esta época Alfonso Marques y Thomas Escobero, de Alburquerque y San Vicente respectivamente, junto con otros, vinieron a trabajar a la fábrica de corcho, muriendo muchos años más tarde como empleados nuestros en Portugal. Alfonso Marques llegó pronto a ser manager de muchas de las fábricas de corcho en Alburquerque, Bancarrota, y por último en Azaruja, donde murió. Su hija María, que cuenta ahora con 90 años de edad recuerda muchos incidentes que ocurrieron por aquel entonces.

De niña solía coger pienso para las gallinas de mi madre y dice que vio allí a los dos dálmatas que mi padre recibió de………y que solían ir con él en sus viajes a caballo. Estos perros eran la maravilla de la ciudad y de cualquier sitio al que fueran debido a su pelo blanco y sus manchas negras por todo su cuerpo.

También recuerda ver una pelea entre mis dos tíos Robert y William y ver como mi padre les separaba a base de puñetazos. Mi abuelo le había dado a mi tío William una silla de montar inglesa de la cual él estaba muy orgulloso y una mañana su hermano Robert se despertó temprano y cogió esa silla para montar su caballo e irse a uno de sus viajes.

Cuando su hermano fue a los establos y vio que su silla había desaparecido se enfado mucho de modo que cuando Robert volvió William se fue directo a él aunque era dos años más joven. Robert, cuando mi padre les separó era el que se estaba llevando lo peor de la pelea ya que mi tío William era un hombre joven y de constitución muy fuerte mientras que mi tío Robert era todo piernas y no tan fuerte.

En 1840 encontramos a mi abuelo en Londres viviendo en una casa en Ratcliffe High Way con su familia: mi abuela y mi tía Eliza.

De sus cartas desde allí sabemos que vendía su corcho a Bucknall, a los franceses y a otros cortadores de corcho en Londres mientras que mi padre y sus dos hermanos, ahora con 20 y 18 años de edad respectivamente, permanecían en España.

El negocio, en dos años, había crecido enormemente con los alcornocales que se extendían desde Cáceres y Trujillo en el norte hasta Aracena en el sur, con fábricas abiertas en Alburquerque, Bancarrota, Saliños y Aracena en España y con almacenes para el corcho ya preparado en el sótano del Palacio de San Telmo en Sevilla.

En Portugal, tenían alcornocales desde Portalegre en el norte hasta Montemos-o-Novo en el sur y con fábricas abiertas en Portalegre, Estremoz, Azaruja y Santiago do Escoural y con los almacenes en Beato Antonio, en Lisboa.

Todos los viajes que implicaba esta infraestructura se hacían a caballo y en los primeros años, los fardos de corcho se transportaban en mulas y a lomos de burros. Además de todas estas dificultades y al no haber autopistas, ni telegrafos y estando los puertos muy alejados, se necesitaba una gran cantidad de dinero para mantener toda la estructura en orden, lo cual en aquellos días era difícil de conseguir.

Durante la época que la familia vivió en el convento de Alburquerque, nacimos 3 de nosotros. Mi hermana Mary, mi hermano Robert y yo, el 26 de mayo de 1839, el 4 de abril de 1841 y el 9 de agosto de 1842 respectivamente.

Fuimos bautizados en la iglesia parroquial de San Mateos en el centro de la ciudad, ya que por entonces la ciudad tenía dos iglesias parroquiales, San Mateos y Santa Maria del Mercado, la primera en el centro de la ciudad y la segunda para las afueras. He de decir que se cometieron graves errores en cuanto a las partidas de nacimiento y bautismo de nosotros tres ya que el lugar de nacimiento de mi padre figuraba como Glasgow en lugar de Londres.

Probablemente estos errores se debieron a las personas que enviaron a asistir a nuestros bautizos, las cuales no tenían mucha idea y dado que la familia de mi padre vivía entonces en Glasgow, pensaron que él nació allí. Esta es la razón por la cual los certificados de estos 3 nacimientos se mantienen juntos con los del resto.

Como el patio y en general los edificios del convento no eran lo suficientemente grandes para la fábrica de corcho, mi padre compró el Monasterio de los Monjes Descalzos, situado en las afueras, al norte de la ciudad y reparó no sólo la casa sino la iglesia anexa, dejando un jardin delante de la casa y un huerto en el lado este con dos patios, uno delante y otro detrás de la casa.

También compró como residente de Alburquerque un “millar”? en Mayorga. El lugar era un conjunto de ruinas pero con las reparaciones pertinentes pronto se convirtió en una buena residencia con establos, graneros, bodegas y oficinas en la planta baja; el claustro y las habitaciones a su alrededor eran para los cortadores de corcho y en el centro había una gran cisterna que recogía el agua de los tejados y siempre estaba llena de agua de lluvia.

Fue aquí donde el 5 de octubre de 1843 nació mi hermano Edward, bautizándose en la iglesia parroquial de Santa María del Mercado. Esta vez mi padre envió a Don Francisco Espárrago para asegurarse de que no se cometiera ningún error en la partida de nacimiento de manera que el lugar de nacimiento de mi padre figurase como Londres como debía haber sido en mi certificado de nacimiento.

Por aquel entonces tenían también como empleado en Portalegre a Antonio dos Reis, a los dos Reixas, que eran portugueses y a Richard Lynch, un irlandés. Uno de los Reichas y Richard Lynch eran grandes amigos y ambos solían emborracharse bastante. Fragoso decía que una noche, ya bastante avanzada y casi al amanecer los dos amigos llamaron a la puerta y cuando él abrió estaban tan borrachos que lo único que hacían era ir desde el convento a la casa de los Reichas y acompañarse el uno al otro sin llegar a entrar, de tal modo que cansado ya de tanta tontería, Fragoso empujó al Irlandés hacia adentro y dejó al Portugués fuera, cerró la puerta y se fue a la cama dejando a los dos amigos borrachos hablando el uno con el otro a través del agujero de la cerradura hasta que el amanecer les aclaró las cabezas.

Fue por estos “pecadillos” y por otros por los que Richard Lynch fue enviado a Estremoz, y más tarde a Irlanda ya que como buen irlandés seguía emborrachándose cada vez que tenía la ocasión cuando mi padre no estaba.

Había otro trabajador, un portugués de Torres Novas a quien por brevedad llamaremos Joaquim. Fue admitido como trabajador debido a la pena que le causó a mi padre el estado de abandono en el que se hallaba. Cuando mi padre le preguntó por qué se hallaba en ese estado le contó que en una pelea por culpa de una historia de amor había matado a un hombre en defensa propia y que el asesinado había jurado quitarle la vida por sustituirle en aquel asunto de amores.

Como la víctima tenía una gran influencia en esa ciudad su familia y amigos le aconsejaron que huyera hacia España, lo cual hizo; y enterado de que había un hombre inglés que vivía en Alburquerque se fue hasta allí desde San Vicente y pidió trabajo y protección a mi padre. Mi padre le interrogó concienzudamente y tras oírle se compadeció del pobre hombre y le dio trabajo en la fábrica durante algunas semanas, y escribiendo mientras tanto a sus amigos en Lisboa sobre el asesinato en Torres Novas obtuvo la confirmación de lo que este hombre le había contado. Y como Joaquim demostró ser muy útil en las oficinas y en la fábrica, le dio trabajo de manera permanente y más tarde se demostró que la confianza que mi padre puso en el era más que merecida.

Aquellos días no eran ni pacíficos ni seguros dado que todavía podían encontrarse vestigios de los Carlistas y Miguelitas aquí y allí en ambos países y sobre todo en las fronteras, de modo que cada vez que se viajaba de una fábrica a otra se tomaban grandes precauciones y jamás se decía de donde venían ni hacia donde se dirigían.

En una ocasión esperaban a mi padre en Portalegre, pero en lugar de ir él mismo envió a Joaquim con instrucciones y dinero para Antonio dos Reis, que estaba a cargo de esa fábrica. Joaquim salió de Alburquerque de noche sin que nadie excepto mi padre supiera que se iba. Nada pasó en su trayecto y una vez que le dio las instrucciones y el dinero a Antonio dos Reis, partió para Alburquerque junto con algunos trabajadores que Antonio dos Reis enviaba de vuelta a Alburquerque. Pero en Arranches, Joaquim siguió adelante y no esperó a los hombres.

Y justo en la frontera entre Arranches y la Cordiera (Cordillera?) un grupo de bandidos le salió al paso pidiéndole de manera amenazadora dinero, y al no encontrarle ninguno le ordenaron que les dijera dónde estaba su señor el inglés. Joaquim al principio dijo que no sabía, lo cual era cierto, y cuando el jefe de la banda se volvió más amedrantador aún, no dijo una palabra y podría decir que se volvió mudo ante todas sus preguntas y amenazas.

Así fue hasta que el jefe de la banda ordenó a sus cuatro hombres que se pusieran en línea delante de Joaquim, cargaran sus rifles y a su orden, dispararan al prisionero si seguía negándose a dar la información que le pedía. Pero Joaquim siguió callado e impasible. Entonces le hicieron arrodillarse con su espalda mirando hacia los cuatro hombres que habían cargado sus rifles y los tenían apoyados sobre sus hombros listos para disparar cuando el jefe lo ordenara.

Y allí siguió arrodillado y recto en esa posición sin moverse y sin pronunciar una palabra o lamento. Entonces el jefe de la banda le dio una última oportunidad de salvar su vida diciéndole que contaría 20 minutos (segundos?) antes de ordenar a sus hombres que lo mataran con cuatro balas en su cuerpo. Aún así, el prisionero se mantuvo firme sin moverse ni pronunciar palabra cuando desde detrás de la línea formada por los bandidos se oyó “basta, basta”. En ese momento el jefe de la banda corrió hasta Joaquim, le derribó de un golpe y el pobre hombre cayó al suelo perdiendo el sentido.

Cuando alguno de los bandidos intentaba coger al caballo de Joaquim se oyó un grito de uno de los que vigilaba diciendo que se acercaba gente de modo que en pocos minutos la banda desapareció dejando al pobre hombre sin conocimiento en el camino y a su caballo a un lado del mismo comiendo. Los que llegaron fueron los trabajadores, quienes en lugar de volver con Joaquim se habían quedado más tiempo en una taberna y llegaron demasiado tarde para salvarle de todo aquel episodio violento.

Tras muchos esfuerzos lograron mover a Joaquim y subirle a su caballo poniéndose en marcha hacia Alburquerque vía la Cordiera adonde llegaron ya sin problema alguno. A los hombres Joaquim les dijo que había sido tumbado y golpeado por unos saqueadores, pero a mi padre le contó todo lo que había pasado en realidad. El domingo siguiente todo se sabía por uno de los bandidos que había participado durante el sábado por la noche y los rumores se hicieron más fuertes cuando Joaquim se puso muy enfermo y murió.

En los primeros meses de 1841 mi padre estaba en Edimburgo adonde había ido para llevar a su madre y hermana a Londres. En una carta a su tía, Mary Hunter, le cuenta que tuvieron un buen viaje hacia Londres sin ningún tipo de mareos y que estaban buscando una nueva casa ya que en la que mi abuelo estaba viviendo se encontraba en un lugar, Ratcliffe High Wall, que no era propio para su madre y hermana. Parece que encontraron una en Putney Lane (debe ser Laurence Pountney Lane, en la City), ya que algunas de las cartas de mi abuelo de aquella época fueron datadas desde aquella dirección. Mi padre volvió a Alburquerque en el verano de ese mismo año.

En esta época la fábrica de Zahinos se llevó a Oliva, donde permaneció hasta 1853, y donde en agosto de 1841 encontramos a mi padre, así como en Sevilla, ya hacia finales de año. Por aquellos días los catalanes ya estaban produciendo corcho y fue entonces cuando Carlos Plaz se convirtió en empleado. La empresa se llamaba entonces Thomas Reynolds & Son.

Como no podía ocurrir de otra manera, el enorme crecimiento de la empresa en solo 5 años desde 1833 a 1841 hizo que no hubiera suficiente capital disponible para prevenir una seria crisis, y el problema que hubo con Don Antonio de la Riba, por el que se perdieron 12.000 libras aumentó más aquella preocupación aunque mi padre bajo su propia responsabilidad logró él solo del Banco sevillano de reservas un préstamo de 9.000 libras esterlinas por el alquiler de sus alcornocales, sus fábricas de corcho y por las existencias de corcho virgen y preparado que existía en las fábricas y almacenes.

Pero incluso con este dinero no se pudo hacer frente a todo lo que se necesitaba y aunque mi padre luchó contra todos estos obstáculos, la necesidad de capital y la falta de caminos adecuados, telégrafos y la lejanía de los puertos, le hizo reducir el negocio en 1848.

Antes de obtener el mencionado préstamo, su padre le hizo firmar el siguiente documento, que hasta cierto punto explica por qué mi padre pudo conseguirlo. Mi abuelo estaba en Londres como ya dije, en marzo de 1840, pero volvió de nuevo a Alburquerque en septiembre del mismo año volviendo a Londres al mes siguiente, en octubre. Probablemente vino para firmar este documento.

“En la ciudad de Alburquerque en el mes de septiembre, 1840, ante el notario y testigo que declaran que Thomas Reynolds está presente, siendo éste sujeto inglés, casado y a quien juro que conozco: Digo que su hijo Thomas Reynolds, de 29 años de edad, vive en su compañía, tiene un estado económico independiente, dirige por su propia cuenta negocios con su propio capital y tiene muchos empleados a los que también maneja con sus propios recursos y puede hacer todo esto sin la necesidad de su autoridad y sin que pueda entorpecer sus negociaciones en el más mínimo detalle ni impedir a su libre albedrío cuanto tenga su hijo virtud en otorgar. Manifiesta de su libre y espontánea voluntad que autoriza en debida forma y da amplias facultades al mencionado, su hijo D. Thomas Reynolds, para que trate y contrate con entera libertad y sobre todo como si fuese padre de familia, no estando realmente por debajo de su potestad en caso de que pudiera ser tratado como hijo de familia, puede por tanto contratar como tal padre de familia y como se dijo antes, ejercer todos esos poderes y autorizar de la manera ya expresada y sin ningún tipo de limitación. Y para que así se haga constar siempre y cuando sea necesario lo pongo de manifiesto por medio de este documento y declaración la cual firmo con los siguientes testigos ante mí: Andrew Canbull de esta ciudad, Thomas Reynolds y Juan Duarte Santos.”

Con este documento vemos como mi padre trabajaba en solitario en España y Portugal y aparentemente llevaba los negocios en estos dos países de manera separada de la firma Thomas Reynolds & Son en Londres, si bien parecía seguir conectado a esta empresa de alguna manera. A la cabeza de la firma estaba mi abuelo en Londres, adonde volvió tras la firma del mencionado documento.

En una de sus cartas a Lindenberg mi padre escribe con fecha 9 de junio de 1839 la siguiente frase:

“En cuanto a la saca de corcho para Inglaterra, de ninguna manera nos proporcionará beneficios, si bien lo que podamos conseguir por cortar algunas toneladas ayudará a pagar nuestros gastos... ”

mi padre comentaba que en Oporto le ofrecieron 480 reis brutos por los comerciantes de vino de allí.

Y de nuevo para la misma firma e Lindenberg & Co. escribe con fecha 26 de junio de 1839 el siguiente párrafo:

“Hágame saber qué cantidad de corcho va a necesitar ya que por lo que vamos a recibir sin preparar de los alcornocales este año, habrá una gran cantidad de cortes y podrá sacarse mucho corcho, si bien el precio es demasiado bajo”.

Por lo que mi padre llamaba “cuttings” (cortes), supongo que quería decir “cachos” en español o “bocados” en portugués.

Cuatro de nosotros nacimos en el monasterio, Edward como ya mencioné antes, mi hermana Marion, el primer Henry, que murió de niño, tan sólo con meses, y el otro Henry, el segundo. Los dos, Marion y el último Henry nacieron el 2 de abril de 1845 y el 2 de agosto de 1848 respectivamente.

En 1845/46 mi padre llevó a mis hermanos Thomas y Robert y a mi hermana Mary a Lisboa, cuando tenían 9, 5 y 7 años de edad, y desde allí, mi abuelo, que les estaba esperando, los llevaría a Londres a bordo de un barco de vela!!. Maria Gomes, la sirvienta, por entonces viuda, fue con ellos sólo hasta Lisboa y tras verles a bordo bajo el cuidado de mi abuelo, mi padre y ella volvieron a Alburquerque. Maria era la hermana de Francisco Gomes “Cigano Español”, quien sin ser gitano, era llamado así por ser español y tratar con caballos, mulas y burros. Era el padre de Thomas y Joaquim Gomes.

El separar a mi hermana y mi hermano Robert de su madre tan pequeños fue cruel, y los pobres debieron haber sufrido lo suyo en aquel barco hasta llegar a puerto y pasar a estar bajo los cuidados de mi abuela y mi tía Eliza.

 

Elizabeth Reynolds (La tía Eliza de William R.)

En ésta última encontraron a una segunda madre, y aunque mi abuela era normalmente simpática con ellos y cuando se fue a Nueva Zelanda no se iría sin ellos, sin embargo su exigente temperamento les hizo sufrir bastante. Mandar a mi hermano mayor a Londres para su educación fue un paso acertado, pero enviar a los otros dos no lo fue tanto.

 

Grupo familiar en Nueva Zelanda

 

Esto fue la causa de que mi padre nos llevara a Nueva Zelanda 10 años después tras dejar el negocio, el cual había llevado junto con su padre durante 9 años desde 1836 hasta 1845 y por su cuenta desde 1845 hasta 1856 dejando una espléndida fortuna detrás a su hermano Robert, el cual aunque incrementó la misma, no fue la persona que pudo llevar la empresa a lo más alto tal y como lo hubieran hecho mi padre y él juntos.

 

Robert Reynolds (Tío y suegro de William R.)

 

En el invierno de 1847/48 nos fuimos de Alburquerque a Igrejinha; a esa casa que está justo antes del “Monte” de Barrocas, a una milla de distancia, cuando la familia había abandonado España para siempre. Habíamos estado allí ya la primavera anterior también pero habíamos vuelto a Alburquerque antes de que llegara el calor fuerte.

La fábrica de corcho había estado allí desde 1845 y de hecho fue la primera de la zona de Estremoz. Mi padre, como siempre, reparó la casa ya que estaba en ruinas, y la capilla, que daba nombre a la casa fue decorada solo con grandes brochazos de pintura donde el altar había estado y fue utilizada entonces como almacén para las mercancías ya manufacturadas.

Esas casas y la capilla pertenecían a los monjes-caballeros de la Orden de Aviz quienes poseían todas esas propiedades pero que iban siendo vendidas a varias personas de Lisboa conforme los monjes se iban de los conventos. La gente de los alrededores decía que “Monte” (o campo o casa de campo) se construyó para éstos monjes a principios del siglo catorce quienes por sus sólidos muros y habitaciones abovedadas sabían muy bien lo que hacían.

Aunque yo tenía tan solo 6 años de edad, todavía recuerdo estar sentado por las noches al calor de la chimenea y escuchar aullidos a lo lejos que según me contaban eran de lobos, lo cual no hace falta decir que me aterrorizaba. Probablemente estos aullidos venían de los perros lobo que guardaban los rebaños de caras de la granja de los Barrocas, ya que aunque había lobos en esa parte de monte bajo tan densa era poco probable que se acercaran tanto a las casas a esas horas iniciales de la noche.

A la mañana siguiente fui con uno de los sirvientes a recoger leche de las cabras para nuestro desayuno y me quedé horrorizado de ver a un cabritillo mordido gravemente por los lobos. Los cabreros estaban aún ordeñando a las cabras y el resto de los cabritos, sobre unos 30, estaban aún allí, callados en sus corrales gimiendo impacientes por volver con sus madres. Mientras, el cabrito herido estaba fuera con su madre. Cerca de los corrales, 3 perros-lobo enormes estaban tumbados bajo el templado sol de primavera. Sólo el verlos me reafirmó mi miedo a los lobos.

Los cabreros le contaron al sirviente que la noche anterior una pareja de lobos, madre y padre, con su cachorros medio adultos habían asustado a las cabras mientras éstas pacían bajo los alcornoques, haciendo que se dispersaran por todos lados, llevándose a dos de ellos y mordiendo a otros antes de que los cabreros o los perros lobo se lo impidieran. Los cabreros al menos llegaron justo a tiempo de salvar al cabrito mordido de ser llevado por uno de los cachorros quien tuvo que elegir entre soltar a su presa o ser cogido por los perros-lobo.

Todo esto me puso tan nervioso que cuando me fui a dormir o mi madre o una de las sirvientas tuvo que sentarse a mi lado en la cama hasta que me quedé completamente dormido. Las tierras desde el norte de Orada hasta la Serra de Ossa, incluso a dos millas de Redondo, en el sur hacia Azaruja, Evora Monte y a una legua de Estremoz oeste, todas ellas eran zonas de bajo monte muy denso, lo cual daba cobijo a lobos y zorros. Los lobos llegaban por lo general a finales del otoño desde las altas montañas y desaparecían al principio del verano.

Al terminar la primavera, la familia se mudó de Igrejinha a Estremoz fijando su residencia en la casa de Salta-Regos en la calle de São Pedro, donde la fábrica de corcho de Estremoz estuvo abierta hasta que la Quinta do Carmo estuvo lista para que residiéramos allí.

 

Quinta do Carmo

 

Mi tío Robert, cuando volvió a Estremoz solía vivir en una pequeña casa con patio en la misma calle, y aquí estaba cuando en 1847 estalló una revolución de nuevo en el país, y tan mala era la situación política en Lisboa que la reina Doña María II quiso abandonar el país.

Por aquel entonces Estremoz estaba sitiada por las fuerzas rebeldes de este alzamiento criminal tan ridículo. Mientras el asedio se llevaba a cabo, el general al mando de los rebeldes fue disparado y muerto justo cuando dirigía a sus hombres desde las puertas de Santo Antonio hasta Outeiro de São José, la parte más débil de las fortificaciones de Estremoz, por debajo tan solo de Elvas, Castello Rodrigo y Almeida.

Con la muerte de su líder los sitiadores perdieron su fuerza y las noticias que llegaban de los españoles cruzando las fronteras hizo que se vinieran aún más abajo y se retiraran.

Gran Bretaña, España y Francia representaron a la autoridad de la Reina. Los primeros enviando a sus tropas sobre el Tajo, los segundos enviando a sus tropas a las fronteras y ocupando Elvas y Estremoz sin necesidad de dar disparo alguno. Mientras que Francia, también a las puertas de una revolución, no se movió. Además todo este terrible alzamiento acabó cuando las tropas españolas cruzaron las fronteras hacia sus cuarteles y cuando la flota británica abandonó el Tajo. Desde entonces, desde 1847 a 1891 e incluso desde 1891 a 1898, digamos que unos 50 años, Portugal disfrutó de paz y prosperidad.

 

Resumen del capítulo anterior:

En este capítulo vemos otra mudanza desde Santiago do Escoural a Villa Viciosa, y desde esta ciudad a Alburquerque, y que en tres años desde 1838 a 1841, mi padre incrementó el negocio extendiéndolo enormemente con los mejores alcornocales existentes; con 4 fábricas en España, 3 en Portugal, con almacenes para guardar el corcho ya preparado en Sevilla, Vila Real, a orillas del Guadiana, el Algarbe y en Lisboa.

Todo esto se hizo sin que existieran carreteras o el telégrafo y sin puertos cercanos. También vemos que la firma Thomas Reynolds & Sons, tras la existencia de fábricas en Oporto y Lisboa pertenecientes a mi abuelo, se estableció en Londres bajo la única dirección de mi abuelo. Mi padre comenzó a producir corcho procedente de los cuttings (“bocados”o “cachos”). Vemos también que por culpa de Don Antonio de la Riba las fábricas españolas y portuguesas perdieron 12.000 libras.

Que mi padre logró un préstamo de entre 9.000 y 10.000 libras en Sevilla y que fue capaz de dirigir el negocio en España durante otros 7 años, de 1841 a 1848. La pérdida de las 12.000 libras y las dificultades del transporte por los malos caminos existentes, hizo que mi padre abandonara las fábricas en España y decidiera seguir con el negocio solo en Portugal y cerca del puerto de Lisboa.

 

 

CAPÍTULO 4

El día que dejamos Igrejinha le rogué a mi padre que me dejara ir en el burro que el sirviente João Borracheiro iba a llevar a la ciudad, a lo que él accedió para mi gran regocijo ya que el montar en el burro era algo que me encantaba. Era un buen día de principios de verano y mientras João dirigía al burro, iba indicando adonde llevaban este o aquel camino, caminos que estaban bordeados por jaras y alcornoques jóvenes.

Cuando llegamos al olivar situado justo donde el camino llevaba hacia la izquierda a Arcos y Borba, a él, a quien le gustaba mucho el zumo de uva tal y como indicaba su nombre, me dijo que el camino llevaba a una zona donde había buen vino y barato, y así, llegamos a una zona desde la cual vi por vez primera Estremoz.

Después de algunos problemas, mi padre consiguió alquilar la Quinta do Carmo durante seis años desde 1849 hasta 1854, y como el lugar necesitaba obras, éstas empezaron en la primavera de 1849. Un día ya por la tarde mi madre, mi padre, mi hermano Edward y yo nos fuimos hacia allí.

Dos cosas que recuerdo de mi primera visita a la quinta es el número de gatos de color ceniza sentados en las sillas en el gran hall, serían cerca de una docena, y los pavos reales, patos y conejos en el patio así como los restos de comida y excrementos. También recuerdo a dos mujeres gordas y feas que insistían en besarnos para nuestro gran disgusto, ya que tanto mi hermano Edward y yo odiábamos que nos besaran. Estas mujeres eran hermanas bastardas del propietario e intentaron ahuyentar a mi padre del lugar alegando que estaba encantada por uno de sus ancestros, pero mi padre, que siempre fue un caballero, especialmente con las mujeres, les dijo que el alquiler estaba ya firmado y que el primer pago de la renta había sido pagado y por tanto no podía dejar el alquiler. Esto fue lo que dijo por no decirles directamente que lo que contaban no era cierto.

Algunas semanas después todos nosotros, mi madre, mi tío Roberto, mi padre y nosotros tres (los hermanos), fuimos allí de nuevo una tarde, y Fragoso y su mujer Quintina con su hija Carla ya estaban allí como guardeses, ya no había gatos merodeando, y el patio se había limpiado de toda la basura y estiércol que se había acumulado allí durante meses.

Era un día fresco para ser junio, demasiado fresco para durar mucho tiempo, pero claramente se veían algunas nubes oscuras hacia el oeste. Mientras mi tío y mi padre se fijaban en el trabajo hecho y en lo que estaban haciendo los carpinteros y los albañiles mi madre y nosotros, los niños, estábamos en el jardín corriendo y jugando bajo sus sombríos muros y los laberintos ornamentales que por aquel entonces existían en el espléndido jardín o alrededor del depósito de agua dando de comer a los pececillos.

Todo estaba abandonado y lleno de hierbajos, incluido los setos, arbustos y todos los demás árboles entre ellos los dos cipreses que crecían a cada lado del depósito, que ahora me resultan del mismo tamaño que entonces aunque han debido crecer mucho en los 60 y tantos años que han pasado desde entonces; a mi me parecen tan altos como entonces ya que en la infancia medimos todo según nuestro tamaño. Pero nuestros juegos se acabaron pronto ya que mi padre le dijo a mi madre que se aproximaba una tormenta y que debíamos irnos enseguida a casa. Cuando dejamos el jardín, el sol ya estaba libre de nubes, pero la Quinta todavía estaba escondida entre densas nubes y apenas habíamos dejado los muros de la Fonte da Pedra, grandes gotas de lluvia, del tamaño de medias coronas, comenzaron a caer aquí y allí.

Cuando mi padre cogió a mi hermano en brazos y mi tío Roberto hizo lo mismo con mi hermana mientras yo me agarraba de la mano de mi madre, corrimos tan rápido como pudimos hacia el pueblo.

Afortunadamente para nosotros la lluvia y el viento nos dio un respiro justo hasta que llegamos a las puertas de la ciudad, cuando empezó a caer un fuerte chaparrón seguido de otra pausa en la tormenta, pero justo cuando llegábamos a la Rua de São Pedro, cayó una tromba de agua que inundó las calles, plazas y las casas de toda la ciudad y aunque sólo nos quedaban unas pocas yardas para llegar cuando esta tromba empezó, llegamos empapados a casa. Cuando llegamos, la tormenta comenzó a estallar con relámpagos, rayos y truenos unos detrás de otros sin un momento de respiro por toda la ciudad, seguida de otra tromba de agua y granizo que inundó de nuevo todo el lugar y que rompió todos los cristales de la ciudad.

Nos reunimos todos en el salón de delante y mientras la vieja Cándida , la sirvienta de mi tío Roberto recogía con un paño en un cubo el agua que había entrado por las ventanas, que fue mucha, la tormenta estalló de nuevo con mayor furia con tres rayos que hicieron que la casa temblara desde sus cimientos, uno de ellos cayendo en las barracas de los lanceros, matando a dos hombres y tres caballos, y seguida de granizos tan grandes como las coronas. Cuando el rayo cayó sobre la barraca, Cándida se tiró al suelo húmedo, se levantó y fue a esconderse bajo alguno de los muebles llamando a Santa Bárbara y a todos los Santos para que la protegieran, y corrió hacia la cocina para reunirse con los otros sirvientes y rezar a todos los Santos. Mi abuelo estaba sentado en la chimenea de la cocina, que se había apagado, fumando tranquilamente su pipa.

Lo que la vieja mujer dijo en sus oraciones no lo se, pero probablemente era algo referente a herejías, y mi padre decía “ ahí viene el diablo para llevarte al infierno”, lo que sólo provocaba que la vieja mujer rezara en voz más alta. Todavía puedo recordar todo esto, así como a mi madre dándome un fuerte tirón de orejas por partirme de risa cuando la vieja mujer cayó al suelo.

Nunca antes ni después una tormenta tan terrible como aquella cayó ni en España ni en Portugal.

El día siguiente fue uno de esos días frescos y brillantes que salen generalmente después de una tormenta y si no fuera por la destrucción que se veía por todos los lados, nadie podría pensar en el diluvio que había caído, no se veía ni un solo charco de agua ya que la tierra, que estaba hambrienta tras tres meses en los que no había caído ni una gota de agua, tragó toda la corriente de agua y granizo que cayó durante seis horas.

Como mi padre estaba ansioso por ver qué daños había causado la tormenta en la Quinta do Carmo, dijo durante el desayuno que iba a ir para allá y le pedí que me dejara ir con el, lo cual permitió; si bien mi madre pensó que los caminos estarían sumamente fangosos, pero una vez que le dije que no pisaría el barro, también me dio su consentimiento.

Las fuertes lluvias se habían llevado todo el polvo dejando los caminos bastante limpios y el barro se había desplazado a niveles más bajos. Andando cuidadosamente sobre tierra firme seguí a mi padre hasta que llegamos al olivar donde vimos a un pobre burro que había muerto por un rayo y varios olivos que habían sido arrancados de raíz y que estaban caídos en la tierra y sin hojas debido al granizo que había caído.

Hubo pocos daños en la casa ya que las ventanas aún no se habían colocado pero en el jardín la mayoría de los árboles en el centro habían sufrido gravemente ya que muchas de sus ramas fueron arrancadas y estaban esparcidas por el campo. Los agricultores de la zona solían decir que después de aquella tormenta el Campo de Ameixial nunca volvió a ser tan productivo, que la tormenta había acabado con las cosechas como si rebaños de ovejas hubieran pasado sobre ellas, si bien la esterilidad de la mayoría de las tierras alrededor de Estremoz se debía a la necesidad de abono y por tanto al agotamiento de la tierra y no al efecto de la tormenta tras el paso de los años.

Estremoz, como todas las ciudades de Portugal no era entonces tan limpia como lo es ahora, ya que sus calles podría decirse que eran auténticos montones de excrementos y que incluso en sus plazas, éstos podían verse, aquí, allí y por todos lados desde primavera al otoño. Si un agricultor necesitaba abono para sus campos, sólo tenía que conseguir permiso de la autoridad para llevarse en su carro tantas cargas como necesitara sin tener que pagar por ellas.

Pero tras la revolución de 1833/ 35 surgieron grandes cambios en la gestión de los asuntos de la ciudad; cuando hombres como Dr. Felipe Zapallo, Thomas da Quina, Nogueira, Reis y otros, que habían tenido que huir al extranjero bajo el régimen Miguelita por ser Liberales, y vieron en Francia y en Inglaterra cómo se trataban los asuntos municipales, decidieron hacerse cargo con energía de los asuntos de sus ciudades y prohibir la acumulación de cualquier tipo de basura o deshecho en las calles, y así los estercoleros se fueron haciendo cada vez más escasos y por tanto más difíciles de cargar en los carros.

No recuerdo con exactitud la fecha en la que dejamos la ciudad para irnos a vivir a la Quinta do Carmo, pero debe haber sido en agosto o septiembre de 1849 y lo único que recuerdo de aquél día fue el que se nos sirvió la cena en la habitación que ahora es el cuarto de baño, pero que por entonces tenía una puerta en el gran hall ya que no existía ningún lobby en la casa, excepto la parte que llevaba desde el gran hall a la enorme cocina y al patio y la única cosa que recuerdo de esa cena era un gran plato de gazpacho hecho a la manera de Alburquerque donde se mezclaban muchos tomates verdes a ruedas, cebollas y otros ingredientes en pan desmigado; y como el tiempo era todavía caluroso y nosotros estábamos todo el tiempo corriendo por los alrededores y haciendo carreras desde la ciudad a la casa, estábamos muy hambrientos. Los albañiles y los carpinteros habían acabado su trabajo en la planta baja pero todavía estaban trabajando en el piso superior y en la Capilla. En ésta última mi padre la había reparado pintando las ventanas y las puertas y limpiando el polvo y las telarañas de años de abandono. También mandó arreglar la Corona de la imagen de Nuestra Señora del Carmo.

Para nosotros, los niños, el lugar era el paraíso. Acostumbrados a vivir en el espacioso convento en Alburquerque con sus jardines y huertos la casa en Rua de S. Pedro era sólo una prisión, y también extremadamente calurosa en verano y muy fría en invierno.

Además de la gran casa y sus patios, teníamos los interiores de la Quinta con sus paseos de oscuros setos por los que correr y jugar al escondite y donde mis padres solían llevarnos cuando el tiempo era bueno o seco.

En los seis años que estuvimos allí disfrutamos de una buena salud aunque algunas veces alguno de nosotros tuvo que pasar tiempo en cama por estar mucho tiempo bajo el caluroso sol o por tener los pies húmedos de correr por el patio. Una enorme cantidad de corcho se apilaba no sólo en la parte trasera de la casa y en el “Picadero” sino también en el gran patio de delante de los alcornocales de Granja, Barrocas, Igrejinha, Murtas, Vale de Zebro y otros.

Todas las casas del lugar y de las afueras estaban habitadas por los trabajadores, mayoritariamente españoles y que antes que mi padre habían alquilado la finca en ruinas y vacía. Era como un hormiguero con tantos hombres, mujeres y niños. Recuerdo ver dividir por un muro de siete pies de alto una de las grandes y espaciosas casas unifamiliares en compartimentos para cada pareja y sus hijos. El ala derecha de la casa era para los trabajadores y cortadores de corcho que entraban por unos escalones de madera situados contra la última ventana de la esquina más al norte y tenían cerrada y prohibida la entrada a esta parte de la casa por el hall y también por la puerta que daba a la gran cocina, que solo fue utilizada por nosotros después de 1852, cuando la familia fue más grande. Sobre la capilla estaba la casa de “enchuga” (término que presumiblemente viene de enxugar, secar el corcho). Todas las habitaciones del patio eran utilizadas por nosotros, la más alejada de la entrada era el dormitorio de mi abuelo hasta que se fue a Londres. Las demás estaban ocupadas por Fragoso y su familia, y la otra por mi madre que la tenía como despensa; sobre ésta última había una buhardilla donde estaban las palomas que compramos en Alburquerque, pero algún sirviente descuidado dejó la ventana abierta y los pájaros nunca anidaron allí sino en los muros traseros alrededor del campanario y en las buhardillas sobre las grandes habitaciones, pero no duraron allí mucho y desaparecieron completamente del lugar.

Poco después la madre de mi madre con su nieta Joaquina vinieron de Azaruja y se establecieron en la casa, encima de la cochera, que tenía una cocina, tres dormitorios y un pequeño patio en las traseras donde nosotros los niños teníamos nuestros jardines y zona de juegos. Y esta era la razón por la cual siempre estábamos corriendo desde la casa grande a la casa de mi abuela.

El invierno de 1849/50 fue crudo y aunque siempre había un gran brasero con ascuas rojas ardientes mi abuelo, si bien tenía una chimenea en su habitación, prefería sentarse en la de la cocina, cerca del patio, y allí, con su nieto favorito, mi hermano Henry, sentado en sus rodillas, nos cantaba canciones de caballeros con la siguiente letra:

“over the water oe'r the lea

over the water to Charlie,

Charlie loves good ale good brandy

And lasses as sweet as sugar candy”

También nos cantaba otras como “The Campbells are coming” y “The white rock cave” y los domingos, como era un estricto cristiano, leía los salmos de David y los himnos, si bien su salmo favorito era el número 100, que era el favorito de Martin Luther.

Muchos años después en Nueva Zelanda lo cantaría y como tenía muy buen oído y una voz muy dulce era un placer para nosotros escucharle. Aunque aquí esté fuera de lugar no puedo evitar escribirlo ya que es un gran himno tanto en la parte musical como en la letra.

All people that on Herat do dwell

Sing to the Lord in a cheerful voice

Him serve with mirth his praise foretell

Come ye before him rejoicing

Know that the Lord is good indeed

Without our aid he did us make

We are his flock he does us feed

And for his sheep he does us take

O enter then his gates with praise

Approach with joy his courts unto,

Praise, laud and bless his name always

For why? The lord is good is good

His mercy is for ever sure

His truth at all times firmly stood

And shall from age to age endure.

(Himnos Antiguos y Modernos, número 56, adaptado del salmo 100 como dice William. La cita da crédito a su facilidad de memoria, aunque hay algunas licencias con respecto a la versión impresa, y la línea que debería venir tras “Praise, laud and bless his name always” no aparece, y sería “For it is seemly so to do”.)

Sobre esta época mi tía Eliza estaba casada con James MacAndrew, natural de Aberdeen, pero con negocios en Londres, y supongo que así fue como llegó a intimar con la familia, que entonces vivía en Blackheath Terrace, en Londres. Además frecuentaba la misma iglesia que la familia, la Iglesia Libre de Escocia.

Mi tía tenía por entonces 18 años de edad y era una mujer lista, brillante y bien educada que poco tenía que ver con un frío y taciturno escocés. Siempre escuché que no fue un matrimonio por amor sino que se celebró por presión tanto de mi abuela como de mi tío William. A nosotros, a mis hermanos, mis hermanas y a mi, no nos gustaba, supongo que por sus formas frías y distantes. Con los tres mayores no había ni que preguntarse ya que mi tía había sido para los tres como una segunda madre y debió haber sido un golpe para ellos, especialmente para Roberto, el más joven, ver como ella dejaba su hogar y se marchaban bajo el riguroso temperamento de mi abuela.

Mi tía había sido educada en un colegio de Glasgow y después en el internado de Mrs. Evans en Londres aprendió a dibujar y pintar bien y al igual que su padre, tenía un buen oído y tocaba el piano con ejecución y gran gusto.

Este matrimonio podría decirse que fue la causa de que la mayoría de la familia dejara Londres y de que se perdiera la venta de los bienes directamente por nuestra familia, que se hacía por entonces a través de Thomas Reynolds & Son.

Todo esto benefició a Fisher and Howard cuyas empresas vendían nuestros bienes y así lograron una ganancia clara de 3.000 libras por año.

La iglesia Libre de Escocia, con todas sus ramas luchó enormemente contra el antiguo establishment y así sus principales líderes comenzaron a asentarse en el sur de la isla, sur de Nueva Zelanda, para no estar detrás de la Iglesia de Inglaterra cuando ésta comenzara una colonia con los seguidores que tenía en Nueva Zelanda, en el sur de una isla llamada Canterbury, cuya capital era Christchurch.

El asentamiento escocés se llamaba Otago, que era el nombre Maorí de Heads of the Harbour, y su capital era Dunedin. La familia, como he dicho antes, asistía en Londres a la capilla de la Iglesia Libre , y James MacAndrew, sin tener éxito en los negocios decidió inmigrar al asentamiento escocés que iniciaron los inmigrantes del barco “Philip Laing” 1848/49, el cual llegó al punto sur de la bahía.

Como mi abuela iría allí donde su hija fuera y mi tío William seguiría igualmente a su madre a cualquier sitio, su voluntad se impuso sobre la de mi abuelo cuando éste llegó a Londres procedente de la Quinta do Carmo, si bien tanto mi padre como mi tío Roberto le pidieron a su padre que hiciera desistir a su madre de la idea de marcharse.

Pero creo que mi abuelo estaba también más interesado en emigrar que en quedarse en Inglaterra, y su súplica, en caso de que la hiciera, no llegó a nada. Mi padre era totalmente contrario a que la familia se marchara de Londres ya que ello significaba paralizar el negocio con la pérdida de sus oficinas en John's street cerca de Trinity Square en Londres donde se producían las ventas de nuestro corcho y lana.

Los negocios en España y Portugal donde todavía tenían la fábrica de corcho de Oliva, comenzaron a sentir enseguida la falta de interés desde Londres, por Thomas Reynolds & Sons, mientras las ventas eran cada vez menores y más lentas.

Para mi siempre fue motivo de gran sorpresa que mi padre en esta crisis no decidiera moverse directamente y por su cuenta con el tema de Londres, ni hiciera nada que impidiera que se llevaran a los niños a Nueva Zelanda, para después llevarnos a todos allí y conducir el.....

 

(y aquí, al final de la página 42 de William, llegamos al final de sus memorias. No hay duda de que las continuó: podemos imaginárnoslo, mojando su pluma en el tintero y estrenando una hoja en blanco delante suyo, escribiendo probablemente la palabra “negocio” y continuando con su escrito, parando de vez en cuando para consultar las notas y papeles en su escritorio. Por aquel entonces era un hombre sano de entre 60 y 70 años de edad, que escribía con mano firme y seguro de la exactitud de sus recuerdos.

El objetivo particular de William con toda esta historia parece ser el dar buena y fidedigna cuenta a las generaciones más jóvenes de los orígenes e historia del negocio de la familia.

Las hojas que faltan deben tratar con más detalle del que nosotros podamos imaginar las relaciones problemáticas entre el padre de William, Thomas, y su tío y suegro Robert, que surgieron por la fuerte reclamación que hizo Thomas, desde Nueva Zelanda, de una parte de la gran fortuna que su hermano Robert había hecho (según Thomas), gracias a los cimientos que él había construido.

La muerte de Robert y el matrimonio de William con su prima Eliza hizo que Thomas dejase atrás este tema casi en su totalidad si bien sabemos que siguió con su lucha durante varios años más y que pudo haber sido la intervención de William (de la cual sabemos por una carta de William Hunter a William su sobrino, de fecha….) la que puso fin a la disputa.

En qué términos, no los sabemos. William, que tenía un pie en cada bando, estaba en buena posición para estimar la justicia de la reclamación de su padre y el sentido de las objeciones de Robert, si bien debió ser una posición incómoda de ocupar.

Quizás el resto de esta narración se encuentra en algún lugar en Nueva Zelanda, quizás llegó a España, quizás desapareció cuando la familia vendió finalmente la Casa Inglesa y se marcharon en 1978/9.

Madalena dice que la mayoría de los papeles habían desaparecido cuando ella intervino para salvar los que quedaban. Sin embargo, una teoría ampliamente seguida en la familia es que los hechos relatados por William no contaban con la aprobación de alguien, y que ese “alguien” destruyó deliberadamente el resto de las páginas de sus memorias, dejando sólo la primera, y menos polémica parte, del trabajo.

Frustrados, atormentados y disgustados, los herederos de William sólo pueden esperar que con un pequeño milagro puedan algún día leer el resto de su historia.

 

ooooooOOOoooooo

 

 

A continuación el texto original en inglés:

 

THE WANDERINGS AND DOINGS OF FOUR GENERATIONS OF AN

ENGLISH FAMILY IN ENGLAND, SCOTLAND, PORTUGAL, SPAIN AND

NEW ZEALAND.

  BY

WILLIAM ROMÃO REYNOLDS 1842 TO 1930

 

CHAPTER 1

1700-1799

In two notes written by my Grandfather Reynolds, he says that his father's father was born in the city of Exeter, Devonshire, in the year 1700, and that he died in 1795, consequently at 95 years of age, that his grandfather's family consisted of two daughters and three sons, but when he died only three were living, his father and two maiden aunts. That an uncle had been the coroner of the City of Exeter, and that the other one had settled in Spitalfields near London as a silk merchant and silk weaver. That after his grandfather's death his father wrote a friend in Exeter asking him what property his father had left, the answer was land and houses. That there had been a will, but which was thought to have been destroyed by the two maiden aunts. That he could not remember if the name of his grandfather was William, Thomas or John. It is strange that my grandfather did not remember what his grandfather's name was, but these notes were written in 1863 when he was nearly eighty years of age and very frail. But my father in his letter of 19th January 1897 says that both his grandfather's and his great grandfather's names were Thomas William.

It seems strange, too that my grandfather did not take steps to ascertain what property his father had left; but if we compare dates we find that he died somewhere about 1797/99, scarcely time enough in those days for him to get full information from Exeter, for besides traveling being then difficult it was very slow.

My grandfather wrote and used to say that his mother was Lydia Johnson, daughter of John Johnson of the Johnsons of the town of Guildford in Surrey, and of Lydia Luxford of Farley in Kent. But in the register of the parish church and other churches in Maidstone no marriage is registered of a Thomas Reynolds marrying a Lydia but there is an entry of a Thomas Reynolds marriage as (registered) in the Parish an Anne. But I remember seeing a ring on my grandmother's finger, a simple gold ring with the name of Lydia engraved in Black enamel, which she used to say was in memory of her (sic) mother-in-law, but I do not know anything more about the ring, it was lost when my grandparents' house at Colmswood, MacAndrew's Bay in Dunedin Harbour, New Zealand, was burnt down as mentioned further on, and when many other valuable things and documents were burnt down in a few minutes.

1786-1809

My grandfather used to tell us that in the latter part of the eighteenth century his father was established as a general merchant and purveyor to His Majesty's forces in the town of Chatham and as such delt (sic) in fruits, wines, corks and corkwood from Spain and Portugal, that his father moved, with his family, from Maidstone to Chatham and that he, my grandfather, was born in the former town on 11th October 1786, some time after settling in Chatham about 1798. My great-grandfather indentured his son, my grandfather, as an apprentice in a friend's office, a Mr. King I believe, and this friend placed his son in my great-grandfather's office as such, too. These boys' work was not only confined to office work, but also in that connected with corkwood and corks. This Mr. King was, I was told, great-grandfather to William King of Perth Amboy (?) New York, and who became our principal customer in the United States of North America. These lads were then from 13 to 14 years of age, and my grandfather being an only child was probably spoiled and hated his office and factory work in the daytime and his lessons in the evenings, and when the other lad and he were together in their rambles through the docks and about the town, which was of daily occurrence, for they were great friends, they would talk of nothing else than running away to sea.

The world was then in a fearful state of unrest with the awful results of the French Revolution upsetting the old order of things and with constant strife and warfare in every part of the world and these two lads hearing nothing else than battles won and battles lost became every day more eager to go out and fight Bonny (sic) as they used to call Bonaparte.

So one evening when a frigate of war was anchored on the Medway waiting for her captain to come on board with the rest of the crew, these two lads got into a dinghy and as silently as they could went towards the vessel. My grandfather sculling the dingy, for he was always the leader in everything they did when together, while the other lad stood on the prow of the small boat, ready when (sic) they got near the frigate to lay hold of the anchor's chains; when they reached the vessel each climbed up on one of the chains and simultaneously sprung on deck; allowed the dinghy to drift away by the tide, crept along the deserted deck, went down the nearest hatchway into the hold and together hid themselves amongst the barrels and boxes of stores that had come in last that day.

The frigate was to leave the Medway by next ebb tide, and when her captain came on board with the rest of the crew everything was got ready to sail out to sea and early at dawn the anchors were shipped and the vessel was soon out on the sea with strict orders from the Naval Authorities for none on board to have intercourse with outsiders once the vessel left her anchorage, and when well out on the Bay of Biscay the captain was to open his sealed orders and act according to them.

Great was the consternation in my great-grandparents' home when their son did not come in at his usual hour and great was their distress when the night passed away without him turning up; and no less was the alarm of Mr. King and his wife when their son did not come in either. And more alarmed did they all get when next day they were told that a small boat had been found in the river bottom upwards, but they became calmer when they were told that no drowned bodies had been found anywhere by the searching parties that they had sent out in search of the two boys and when they were told by the boys' fellow clerks that the two boys were always saying that they would run away to sea, the first opportunity they got, their parents became easier about them as the general opinion about was that they had run away and probably in the frigate as she was the only vessel sailing out the night that the two boys were missed.

The disappearance of his son was a great blow to his father and this with the bad state of the trade so affected him that he began to ail; but his wife in spite of her own great sorrow kept up her spirits as best she could cheered him and tried to convince him that their son would soon turn up, or that they would soon have news from him, but months passed away without getting news of the lads, and he got worse and worse and he died without knowing that his son was well and getting on in the profession he had chosen.

With a strong breeze from the northwest, the frigate sailed fast through the Channel and when in the Bay of Biscay the captain, with his officers around him, opened the letter of instructions given to him by the Naval Authorities when he joined his ship, which told him again not to communicate with any other ship; to avoid the ships of the enemy; to sail as fast as he could and join the British fleet then cruising about the Balearic Islands; deliver the despatches instructed (sic) to him in the hands of the admiral commanding those forces.

Knowing then how to act and expecting rough weather, he ordered one of his petty officers to go down in the hold, with two men, and see that the stores that had been brought in last were securely stowed away. It was only then the two lads were discovered, barely alive and both suffering from the effects of malnutrition and seasickness. The crew had to carry the faint and unconscious lads to the main deck.

This unfair custom of making the captains in the Royal Navy pay out of their salaries the keep of stowaways was very hard as it became quite a daily occurrence of boys to stowaway so it became necessary to alter this grievance, which was done by the Naval Authorities becoming responsible for the keep of stowaways according to their classes.

With some narrow escapes of being captured by the enemies; indeed once they had to put up all sail and race away from a larger but slower French man-of-war, but even so narrowly escaped damages on riggings and sails by the enemies' cannon balls coming to (sic) near for safety; they sailed ahead without meeting with any more danger and meeting the British fleet some days after when the captain delivered the despatches entrusted to him to the Admiral, who ordered him to join the fleet.

Some encounters with the enemies took place around these islands in which some midshipmen were killed and to the relief of the captain of the frigate, the two lads were rated then as midshipmen. From there, the ship was ordered to South America and from there, to the Antilles (sic) and it was only years afterwards that the two lads returned to England and when they got leave they went home; my grandfather finding his mother a widow and struggling hard to keep the business going for her son. Some differences of opinion rose up between them, for while the mother wished him to leave the Navy he naturally enough wished to remain in the profession he had chosen for himself. He dearly loved his Mother and struck with sorrow, too for the pain he had caused her and his father he consented to leave the Service and by her influence with the Naval Authorities easily got his discharge and the other lad's, too.

Many years afterwards 1858/59 when we were living on our father's sheep station at the Otara Point near the Tor-Tois on the coast of NZ, Otago, over a hundred miles south of Dunedin, in the long winter nights and sitting around a huge log fire in the room which served as kitchen, dining room and room my grandfather would tell us his doings in his early life and when he came to that part of it when he left the Navy, would end by saying “Bother my wig if I had not left the Navy I would be now High Admiral of England instead of being bush clearing in this wild country”. Which then we all believed he would have reached for he had the faculty of commanding men and of ruling them, too. The expression or oath of “Bother my wig” originated, no doubt, when men wore wigs.

What past (sic) up to 1809 I do not know, further than the business was carried on by the mother and son and that a year after my grandfather married in Scotland Marion Hunter, fifth daughter of Robert Hunter and Elizabeth Hunter, the son of John Hunter and of Helen Murray, farmers at Humbie Mains where their son Robert became a farmer, too. I do not know why my grandfather went as far North for a bride but I may say here too that in Peeblesshire? there is a tombstone with the following epitaph: (Left blank) nor do I know much about their courtship, but my grandmother used to tell us that my grandfather used to ride from Edinburgh to her father's farm almost every afternoon and that one day when she was expecting him she climbed up on a tree that grew inside and close to the hedge that divided her father's fields and paddocks from the high road and when my grandfather passed by on horseback she shook the tree in such a way as to frighten the horse, which bolted to the great discomfort and risk of the rider; who by the laughter he heard behind him knew well who had frighten (sic) his horse as much. Years after when my grandmother used to tell us what she had done then, my grandfather used to retort saying that for weeks afterwards he had not gone to see her, at which charge she answered that when he did go again to see her he did not say anything about it but was as loving as before.

Summary of antecedent Chapter.

In this Chapter we see that a business of importance was begun by my great-grandfather, first in Maidstone and after in Chatham , and which at his early death was carried on by his widow until her son returned and jointly with her carried on the business.

 

 

CHAPTER 2

1809-1836.

Two years after, 1811, we find my grandparents living in London Wall and within the sound of Bow Bells and when (sic) my father Thomas William Reynolds was born on the 29th September of that year and baptised by the Rev. Robert Young in the Parish Church of St. Mary's, Newington , London , and he was very proud of being born within the sounds of the Bells of Bow Church and of being a Londoner.

I may as well mention here that my grandparents when they were in England used to worship in the Scotch Churches and also Independent Chapels, if because my grandfather was an Independent or because my grandmother was a Presbyterian of the Established Church of Scotland I do not know, but both explain why all their children were baptised by Independent Ministers and their births registered in Somerset House and not in the Churches of the parishes they were born in.

But I always understood that my grandfather's people at Exeter were of the Church of England and that some of his ancestors were clergymen of this Church as were all the Reynolds of Devonshire as we see that the father of Sir Joshua Reynolds and some of his uncles were clergymen and headmaster of schools there, and consequently of the Church of England . But the fact remains that they attended at first the Scotch Churches and afterwards the Free Church of Scotland, while most of the Hunters remained within the Established Church of Scotland. My father who was in no way a Dissenter held that the disruption in the old Kirk of Scotland, by which the Free Church sprung out, was all due to the ambition of the promoters of the division or disruption especially of Dr. Chalmers, for the differences that existed between (them) mainly on patronage were so insignificant that a way could have been found to avoid the division. And time that proves everything has shown that he and others that thought as he did were right. For we now see that the Free Church of Scotland is only now composed of a few obstinate people while the majority have joined the Established Church of Scotland .

My father used to tell us that his cousin Elizabeth Jamieson married to her cousin Dr. Jamieson DD a famous Glasgow Preacher who at the beginnin(g) of the movement was inclined to join the Dissenting Party, used a ruse to keep her husband within the Establishment by placing before him for breakfast, on the day that he was to meet the Dissenting Ministers, if he could join them or not, a covered dish, with only one dry salt herring on the plate and when he asked her what that economy meant she answered that that would be the only sort of breakfast he would get if he left a wealthy church for a poor one as the Free Church would be sure to be for many years to come. This warning from his wife had the effect of keeping him within the Established Church of Scotland.

After the division the family in England and after in New Zealand attended always the Free Church Churches for Otago was you may say chosen only as a colony for the adherents of this church, and my uncles William Hunter Reynolds and James MacAndrew were Elders of the First Church in Dunedin with Dr. Burns, nephew of the poet, and its first minister. An incident happened in 1857/58 in this church which I think worthy of mentioning here, with my grandmother that shows what a hot exacting temper the old lady had. She was always late for church and the elders of the family would not wait for her, so one day I was told to wait for her and accompany her to church when the whole family was there already. I waited for nearly half an hour but at last she came down from her room dressed out in her best, for she was a very vain lady, and we walked briskly through the Town Belt and through the town to church but when we reached there the door was shut, as Dr. Burns was delivering his long prayer, which made my grandmother very angry, for by her watch the prayer was being said earlier than usual. When the door was opened she flew rather than walked up the passage, in not a very Christian state of mind. To make matters worse a recent immigrant, a young man, had landed that day and seeing a church opened he walked in and sat down on the first empty seat he found next to my father who seeing he was a stranger gave him a hymn book to be able to follow the service, but when my grandmother came to our bench to find her seat, furiously angry to be made to wait outside so long, and seeing it was taken by a stranger, and the stranger a mere lad, she got hold of his left ear and you (may) say pulled (him) out of his seat by it. My father had risen from his seat to let his mother and I (in) to take our usual seats and when we were seated he took the young fellow by his arm and made him sit down where he had sat before, besides (sic) me, and he went and sat down on one of the pulpit steps. All this happened without a word or whisper nor even a smile from the congregation. Luckily our bench was near the pulpit and few of the congregation saw what had happened, but Dr. Burns saw the whole affair just as he was going to deliver his long sermon. They all knew my grandmother well and Scotch-like kept their gravity.

In 1815, my grandmother and my father, he a child of four years of age, were in Edinburgh on a visit to my great-grandmother Hunter, and another incident happened then which showed the hasty temper of that family. My father was then an only child, as his brother the first Robert had died very young, and though his mother was a very strict mother yet he must have been spoiled, especially so by his father. He was then wearing a hat with an ostrich plume stuck on it and of which he was very proud, and while the elders were talking, he kept racing on his grandmother's walking stick, as his horse, whip in hand, making a great noise, around and around the room to the great amusement of his grandmother and his two younger aunts, Mary and Christian, but to great annoyance of his other aunt Elizabeth, and when in one of his racing turns he came near her, she angrily snatched his cap from his head and threw it into the fire grate. Luckily, his mother was sitting close to the fire and pulled the hat out of the fire in time to save it from being burnt, but the feather was burnt to a cinder. My father mad with passion went for his aunt with both stick and whip, but his mother stopped him and as his aunt cleared out of the room the others kept their tempers in complete silence.

In 1820, they were back to Chatham where my grandfather was conducting the business especially with corks and corkwood from both Spain and Portugal, the former from Cataluña, the latter from Algarve Setubal and Lisbon. In Chatham and in this year my uncle Robert Hunter Reynolds was born and the family continued to live in this town for we see that my uncle William Hunter Reynolds was born there, too 1822.

Some time then my grandfather was laid up with liver trouble and his medical man advised him to make a long sea voyage, which would do him more good than all the medicine he could prescribe for him, and my grandfather taking his advice came to Oporto in a sailing vessel as steam had not yet replaced canvas, where he saw a good chance of extending his business.

I do not know when the family left Chatham for good and settled at Oporto, but my aunt Eliza was born in this city in 1824/26 and that the Chatham business was sold about this time to a Mr. Pastor probable (sic) about the time that my grandfather's mother died.

There seems to have been some sort of partnership in the business of Chatham with my grandmother's eldest brother John Hunter which caused my grandfather much trouble and which made him sell out. These troubles did not seem to affect the good relationship with the rest of John Hunter's family, for we have seen (sic) his son Robert Hunter was staying at Oporto in my grandparent's house. The business connection with John Hunter must have ended badly for my grandmother used to say that all the Johns in her family had been black ship (sic). I used to wonder when she said (that) if she included her grandfather John Hunter farmer in Humbie Mains was a black sheep (sic), too. That that family were very unfortunate and came down in the world I came to know I recall when in the end of 1868 I was on a visit to my grandmother' s brother David Hunter who I saw in his house living with his family of three daughters, Bessie Hunter, the eldest daughter of John Hunter. He had other daughters by a second wife which I also met in Edinburgh.

(Here William seems either to have forgotten what he was going to say, or skipped a page, if he was copying from a rough draft. Perhaps he was going to tell what he knew of the story of the Hunters of Polmood who, possibly because they traced their descent from James 1V of Scotland , had supported the Stuart case in the 1745 Jacobite rising, and had lost their estates as a result)

What happened on the next night I do not know but in 1832 when my father was of full age he got a Letter of Privileges from the Government of D. Miguel with the date of 7th June 1832 vide page..... But shortly after civil (war) broke out in Portugal , when D. Miguel usurped the crown of Portugal against his niece Donna Maria II, he for government with friars and nuns and his brother D. Pedro IV for his daughter, the said Donna Maria II, for Constitutional Government. But the family seemed to be still at Oporto with my father helping his father in the business.

The business up to then seems to have increased, in corks, corkwood, fruit and wines for England and selling cotton and woollen goods as also hardwares. But my grandfather found out that the raw material corkwood about Oporto was neither good nor plentiful and hearing that down south in the District of Castello Branco about 120 miles southeast from Oporto , and even further south in the Province of Alentejo extensive cork forests existed he determined in spite of the bad political state of the country, to go there and explore those regions by traveling across the country on horseback accompanied by his body-servant on a mule. He met with no hindrance of any sort, on the contrary everybody seemed willing to help him giving all the information he asked until he reached the town of Castello Branco, which was then under the rule of a fanatical Miguelite military man to whom an Englishman was a sure spy of the Liberal party and who arrested my grandfather and shut him up in a foul Portuguese prison. Luckily no notice was taken of the servant who scared out of his wits, had yet enough left him to take the road back to Oporto and travelling as fast as he could arrived safely there and at once told my (sic) father what had happened. By the influence of a friend of my father, a Miguelite of some influence with the then government, my grandfather was set at liberty, and getting on his horse, which the people of the inn had kept for him, probably of a different political opinion than the Governor of the town, he started back to Oporto where he arrived safe with no further harm than that of having passed more than a week in a common Portuguese prison.

Shortly before he started on this journey, both the Lisbon and the Oporto British Consuls issued a notice of warning to all British subjects residing in Portugal to keep within their respective consulates Lisbon and Oporto , as they could not defend them anywhere outside these two cities. Perhaps my grandfather had not seen this notice or was not even aware of its existence, but what was more probable did not give it the importance that it had, besides knowing the Portuguese well and who had always treated him well it never could occur to him that he would be molested in any way, and probably would not have suffered in any way if a civilian were in power at Castello Branco instead of a rabid Miguelite military man being there as Governor to whom an Englishman from Oporto was sure to be an enemy to D. Miguel. Had he taken with him my father's Letter of Privileges mentioned at pages 13 to 14 it is probable that the Governor of Castello Branco would have acted quite different to what he did.

On his return to Oporto and just before the siege by the Miguelite army all the family excepting my father and his cousin Robert H, eldest son of John Hunter, left for England.

But these two with nothing to do for though in charge of my grandfather's office and stores, there was no business done, they determined to join the Liberal Army against D. Miguel as many other fellow clerks British and Portuguese did.

In this siege the enemies' forces made an attempt to capture the city by fierce attacking the Serra do Pilar on the northeast across the River Douro whilst the Liberals defended this fortress. My father used to tell us that he was just shutting the door of the warehouse when he heard the bugles in the barracks calling in all military men and putting the large key in his right trousers pocket he hurried to the Barracks, where the garrison was gathering to defend the city. The attack and the defence seemed to have been fierce with many wounded and killed on both sides but the enemy was beaten off all round. Amongst the severely wounded were Robert Hunter and my father, the former dangerously so and my father on the right thigh. Both were taken to the hospital, where Robert Hunter died a few days after and my father slowly recovered from great loss of blood and from the slow healing wound.

He used to say that the key in his pocket saved his life for the bullet struck the key and spread causing a broad deep wound but not severing the artery.

When he left the hospital competely cured, but very weak, the war was over and D. Miguel banished for ever from Portugal and he left for England. Some of his brother officers such as Griffiths, Nogueira, Reis and others tried to induce him to remain in the Portuguese Army but he answered that the struggle was over and what they had fought for was secure and he had then to look after his family which was in a very critical position through the ruin of their business and try to begin again.

I was forgetting to mention that when the British subjects residing in Portugal suffered by the Revolution, applied for indemnity through the British Minister in Lisbon , only my grandfather's name (was) struck out of the list of applicants and he never got the indemnity he was entitled to by the loss of goods and business. What was the real reason for being treated so badly is difficult to say, it may have been through my grandfather not having obeyed the warnings of his Consuls, but the British Minister would do all he could and get his application respected by the other side, the Portuguese Government would avail themselves of any excuse not to pay or because he was not in Lisbon to plead his cause himself properly, but the fact remains that he never got the indemity that he should have got whilst others with less reason got what they applied for. Some of them much above their real losses.

My father was not long in England for we find him in Lisbon getting a new Letter of Privileges in the autumn of 1834 which I still keep and which I have which runs as follows:

(Here follows the letter of Privileges, first in Portuguese and then in translation into English. I do not include it here, but there are two photocopies of the document, and a photograph of the original Letter, among the family papers, together with my father-in-law's translation.)

I do not know when the family left England again for Portugal and this time lived in Lisbon, when my grandfather himself alone carried on the same business as he had at Oporto, but it must have been when Portugal was again in peace about 1835/36. Here I must quote my father's version of what happened then in Lisbon.

“When the business my father had in Lisbon was ruined by the loss of over £3,000 through the failure of James Burns and Co. London, I got employment in the interior from the large house of Lindenberg & Co. On my return to Lisbon, it offered me assistance and I started in business in Alentejo as cork grower and merchant. On being called to Lisbon, I found my father's family in poverty and hardship and as in duty bound having been very fortunate, I took charge of the family; my brothers Robert and William boys of sixteen and fourteen, paid my father's debt, sent my mother and sister, a child of seven, to Scotland for her education, which was completed in a lady's boarding school near London.”

Again, ill-luck dogged the business, but we see my father generously taking on himself, the care and charge of the whole family. When somewhere about 1835 we find him weighing corkwood in the valley of the Amoreira, that property situated before you get to the Mouchão, on the way to D. João, the pile being just below the house or Monte of the Amoreira; with Tio Juanito, the Gallego, as guard to the weighed corkwood. Many years afterwards, in May 1875, when my father went with us to D. João, he pointed out to me, the place where he had bought and weighed his first lot of corkwood bought near here.

How Tio Juanito and José do Porto, who had been in my grandfather's employment in Oporto, found my father so far off here, I do not know, but I suppose they were employed by my grandfather in Lisbon and came here when they came here (sic). I may as well say here how these two men came into my grandfather's employ. Tio Juanito used to say that he was born in Cadiz in about … though both his father and mother were Gallicians, his father a sailor. A short man and sometimes more like an Andalucian in his manner than a sober stolid Gallego, but his speech betrayed his north western descent for it was a bad mixture of Spanish and Portuguese. Prided himself of being weatherwise and always boasting of what he could do with a flea he had under his arm-pit, a large bowie-knife and of saying he had been here and there and everywhere else. And one day my wife, Eliza Reynolds, at the instigation of her father, my uncle Robert, began to write down what he said, where he had been employed and when the months and years were summed up, he would have been then over a hundred years when really he was only sixty. Up to very old he was guard in the factory and died pensioned by the old Estate.

An incident ocurred in the autumn of 1870, which goes to show what sort of a security guard old Juanito was back then. Pedro da Silveira and his brother Father João invited me to go with them to a dance at the residence of José Maria Cortes, in Veiros, where his wife and Donna Leonor, their niece, had prepared a sumptous (sic) Alentejo style supper for their guests. 

The weather was still hot so we headed, late in the afternoon, for Veiros. Pedro da Silveira on his mare and myself on old Alburquerque, the horse that José Braz always rode and named so because it had been bought in Alburquerque. It turned out to be a very nice dance, but the two of us, Pedro da Silveira and I, left the dance at 2 pm (sic) and headed back to Estremoz. When I reached the gate of our property, I could not get old Juanito to hear neither my loud knocking, nor the loud knocking the horse was making with his giant hoofs.

Tired of knocking and shouting, I decided to jump over the wall. Riding alongside it, I was able to climb up the wall and jump down into our property. The moment I jumped from the saddle onto the wall, that clever horse went round again to the gate, and began to knock more furiously than before with his front hoofs. Great was old Juanito's suprise when I awoke him from a deep sleep that neither the loud knocking, shouting, nor his …cry had awakened him. He asked me how I had gotten in and when I told him, he quietly went to open the gate for the impatient horse which knocked louder than ever to be let in.

José Garcia was the proper name for José do Porto, who was the son of a well-to-do shopkeeper from Tuy, a Galician town on the banks of the River Minho, on the border between Spain and Portugal. Having had a large family, his father wanted him to become a priest but José had reservations about being a priest. As his father insisted on him being one, he ran away from his home being a mere lad to Oporto, where my grandfather found him on the streets in a complete state of destitution. He gave him a job in one of his stores and was for many years afterwards, one of our best sorters of sheet corkwood. He died at a ripe old age pensioned by the old estate.

Then in 1835/36 the first cork factory was opened at Santiago do Escoural and where my father met my mother, the first time in one of those orange-groves so celebrated for their sweet and juicy fruit, and where he had gone to buy oranges. It was in the Quinta do Rosário were (sic) they saw each other, she was just seventeen years of age and he twenty five years old next birthday, for it was in early spring when the place was like a spot in Paradise ; with the branches of the orange trees bent down to the very ground and yet with many fruit on and covered with their white sweet-scented bloom, with many nightingales pouring their sweet music not only in the Quinta itself but all round about in copses along the banks of the many rills still with water running down to the large stream. With all the tribe? of cistus from the tall white-flowered gum cistus to the dwarf ones with magenta coloured flowers or with star white blooms in full bloom too. She a dainty Portuguese beauty just in the beginning of womanhood; although in childhood with fair wavy hair, yet then to match her dark eyes the hair had changed dark but her complexion was as fair as when a child and remained so in all her after life, a trait rare to find amongst her countrywomen and probably inherited by her mother's family, name Branco - White. From very young she had been taught to read and write by the parish priest Padre Joaquim de Amorim, who baptised her and was a great friend of her parents and was brought (up) by her mother to do all the work in their well-reputated(sic) house, although not wealthy. Very few of her countrywomen, even in higher class, were then so accomplished as she was and was besides considered the best-looking girl all around the countryside, all which captivated my father. My father was nearly six feet tall well-formed, strong and with curly fair hair and of very fair complexion and in the words of José do Porto, José Braz and others the handsomest Englishman that had come to Portugal. José do Porto used to say that once he was sent (to) Seville to sort some corkwood there of my father's in the stores in the Palace of Saint Elmo, at that fair no handsomer man appeared amongst the many Spaniards and foreigners, English Scotch and Irish from Gibraltar that had come to the fair, as my father.

They met often and a deep attachment sprung up between them; but my father was a Protestant and my mother's family Roman Catholics and would not sanction the marriage as she was still under age, and to make matters worse her family through an uncle of my mother's father, was a priest in Lisbon and they had great influence in Evora with the Archbishop there and none of the priests dare marry them. Under these distressing circumstances they eloped and my father having got a permit for a priest to marry them from Patriarcha (sic) of Lisbon , through the then British Vice-Consul in Lisbon they were married at Chamusca the nearest town to them out of the Diocese of Evora and within the jurisdiction of the Patriarcha.

Summary of the preceding Chapter.

In this Chapter we see that the business was sold to a Mr. Parton or Parkton, after lasting over sixty years in both Maidstone and Chatham , but that my grandfather set up his business at Oporto and that for over ten years, with the help of my father the business was kept until the revolution between the Liberal and Absolute parties broke out in Portugal; that the same business of exporting to England corks, corkwood, fruit and salt and importing to Portugal soft goods and hardware, was (run) at Lisbon by my grandfather and by father in corkwood only in the interior, and though alone and independent was called to Lisbon , paid his father's debts as he had (done) well by his independent venture in corkwood, started the first cork factory at Santiago do Escoural, and that his (first) venture was with a parcel of corkwood stripped from the Amoreira and when the first corkwood was wrapped and partially prepared for shipment.

 

 

CHAPTER 3

In the summer of 1837 they moved to Vila Viçosa, where the whole family, excepting my grandmother and my Aunt Eliza who were then living in Glasgow and whose address was Mr. John M-------, Leather Merchant, St. Andrews Square Glasgow to where the allowance that my father gave was sent to; viz, my grandfather, my father, my mother, and my two uncles Robert and William of sixteen and fourteen years of age respectively, were living in the shooting lodge in the Tapada of Villa Viçosa, where and when my uncle William was very ill with fever and who in after life in New Zealand used to tell (us) that if (it) had (not) been for the good nursing he got by my mother's attention he would not have got over his illness and would have died, he also used to say that he got ill through eating a lot of cherries, but more probably got then the prevailing miasmatic state in that time of the year in that locality.

From there early in 1838 they moved to Alburquerque for what reason they did is difficult to say, for the further (they) went from the shipping ports the more difficulties they would meet with the carriage of goods etc. The only reason that strikes me now is that the cork forests were many more and more developed than in Portugal and consequently they had more command of corkwood.

At Alburquerque about 30 miles easterly from Vila Viçosa they took up their residence in the suppressed nunnery of that town and lived for four years and where in its large yard the boiler for boiling corkwoods, and sheds were put for the factory. By an old copy book of my father's dated from 5t h March 1838 to 23rd June 1842 we see that they not only delt (sic) in corkwood but also in hides and that my Grandfather not only sorted the corkwood but also in doing so taught José do Porto, Thomas Escobero and the other men to sort it too. The knowledge that he had acquired of the different grades of corkwood suited for the English and Scotch markets with the business in Chatham was of great value to the business.

Though my two uncles were mere lads yet they help (sic) their father in the sortings not (only) at Alburquerque but also at Puebla de Obando, Puertasuelo, Plasencia, Zahiños, Aracena in Spain as Portalegre, Abrantes, Vila Real and Faro in Portugal and Algarve. Then it was too that my father began to lease corkforests amonst them Azagala, Piedra Blanca, Mayorga? and others. All the work was done on horseback and the carriage of the goods on muleback to Abrantes and to other places on the Tagus, without highway telegraphs and with dear ports, uncertain and slow.

My grandfather used to say that why he was so bent, for at sixty six years of age he had to walk with two sticks in his hands, was because the cart he was going in to one of these places upset and his trunk jammed him down and injured his back. Also that the first time he went to the Puebla de Abando, where he had gone to sort the corkwood that they had there he asked the owner of the inn what she could get him for dinner and the answer was “n othing” but he seeing a lot of chickens running about the place asked her to kill one and cook it with rice and bacon, but she would not kill her chickens but her husband coming in at that time, and who had more love for money than for chickens, prevailed on her to kill a fowl and to cook it as my grandfather had asked her. He always carried with (him) a canister with tea as no tea could be got in Spain for love of (sic) money and when he asked the woman if she could make tea she asked what it was and he in bad Spanish “unas ervas” and she thinking it was watercress said yes. But although suprised to see some dried leaves and so few of them took the stuff away into the kitchen. After telling her to call him up with the dinner he retired to the room allotted to him to rest a while after his journey from Alburquerque. When he was called up he went to a good dinner of the well-cooked fowl with rice and bacon, passable wine, good fruit and fine white bread to which he did ample justice as he was hungry: but when the tea was brought in behold it was fried in olive oil as Spaniards and Portuguese cook vegetables and especially watercress. Keeping his temper as well as he could though tempted to burst out in a rage he told her that that was not the way to brew tea and going into the kitchen and etting a panican (pannikin?) he succeeding (sic) in brewing his tea as he had heard the colonials made their tea, and drunk out of the small chocolate cups that every Spanish housewife has at hand, which though small served the purpose well. He had no further trouble with his tea afterwards in that inn for the woman after the first lesson always brewed his tea well.

In February 1839 we see my grandfather leaving Plasencia for Alburquerque and in the same month he started for Seville, Tavira and Faro to burn and sort the corkwood they had there for immediate shipment to London, my uncle, then a young man of 17 years of age to help him with the sorting of the burnt corkwood. The bundles of this shipment bore the mark or brand of Thomas Reynolds (TR) in white paint, the initials of my grandfather and my father and which was the brand on all the bundles until my uncle Robert lived at Azaruja in 1851 when the bundles of that factory always bore the RR. The first cork factory at Jerez de los Caballeros was in Don Manuel Conejo's yard at Zahiños and not at Oliva.

As he could not do business with Juan Guinat? a Catalan, my grandfather returned to Alburquerque from Algarve in that same year leaving his son William at Vila Real de São Antonio to ship the rest of the corkwood they had there in bundles all bearing the TR brand.

Again we see my Grandfather travelling south to Zahinos to superintend the sorting of the corkwood piled up in Don Manuel Conejo's yard in front of his house and where my uncle William was to meet him from Algarve .

About this time 1838/39 Juan Fragoso came into their employ. He had (been in) the Spanish army, where he learnt to read and to write, which was a rare gift amongst the lower classes in Spain then, and even in the upper ones many more were ignorant of either too.

He was from Brosas? in the Province of Cáceres and had just married his handsome wife Quintina, the mother of Carlos, Petra and Josefa, half-sisters of Francisco, Aniceto and Maria Fragoso by Juan Fragoso's second marriage. They, Fragoso and his wives always lived near us in the convent of the bare-footed friars at Alburquerque in the Quinta do Carmo and here at Estremoz. About then a rumour went about the town that a ghost used to appear at the yard of the nunnery as a nun and as Juan Fragoso was guard in the cork factory he went to my father and told that he too had seen the ghost in the yard. My father laughed at that silly belief and told he (sic) that as an old soldier he should not believe in ghosts but gave (him) a loaded rifle warning him to be careful not to shoot down a ghost but a a man or a woman instead. Next night as Fragoso watched under one of the sheds of the yard, he saw the ghost jumping from the opposite wall into the yard and cross towards him and as the apparition did so he saw that it was a man by the way he had jumped the high wall into the yard. And when Fragoso went up to him and said “Que te mato, que te mato” pointed the loaded rifle to him, pitifully cried: “Por amor de Dios, no me mate, Señor Fragoso, porque soy yo”. Fragoso used to say that though he was convinced that it was not a ghost yet he could not say which of the two was more frightened if he with the fear of having to shoot down the man or the man in dead terror of being shot dead. When the man was asked why he disguised himself in such a way answered that it was to meet a woman over the other wall in the town. Some weeks after this man was found as dead in one of the streets at night, said to have been done by the agrieved (sic) husband.

About this time Afonso Marques and Thomas Escobero, one from Alburquerque and the last from San Vicente and others came to work in the cork factory, dying many years afterwards in our employ in Portugal . Afonso Marques soon got to be manager in many of the cork factories Alburquerque, Barcarrota, and ultimately at Azaruja where he died. His daughter Maria now of 90 years of age remembers many incidents that happened then. As a girl she used to take bran for my mother's chickens and says that she saw there the two Damatian (sic) dogs that my father had got from ….. and to go out with him in his journey on horseback. These dogs were the wonder of the town and wherever they went for their white coats with the black spots all over them. She also remembers seeing a fight between my two uncles, Robert and William and seeing them also my father separating them at fisticuffs.

My grandfather had given my uncle William an English saddle of which he was very proud of (sic) and one morning his brother Robert got up earlier saddle his horse with this saddle and went in one of his journeys and when his brother went to the stables and saw that his saddle had been taken away was naturally very angry and when he Robert returned William went for him and although two years younger. Robert when my father separated them was getting the worse in the fight, as my uncle William was a strongly built young man while my uncle Robert was all legs and not so strong.

In 1840 we find my grandfather in London living in a house at Ratcliffe High Way with his family: my grandmother and my aunt Eliza. By his letter from there we see that he was selling their corkwood to Bucknall, French and other cork cutters in London , whilst my father and his two brothers now twenty and eighteen years of age respectively remained in Spain. The business, in two years, had increased enormously with corkforests extending from Caceres and Trujillo in the north to Aracena in the south, with working cork factories at Alburquerque, Barcarrota, Saliños and Aracena in Spain and with stores for the prepared corkwood at the ground floor of the Palace of Saint Elmo in Seville. With cork forests from Portalegre in the north to Montemor-o-Novo in the south in Portugal and with working cork factories at Portalegre, Estremoz, Azaruja and Santiago do Escoural and with the stores for the prepared corkwood at Beato Antonio, Lisbon.

All the travelling connected with this enormous concern was done on horseback and in the first years the prepared corkwood in bundles was carried on mule and donkey backs. And besides all these difficulties of no highways no telegraphs with very dear and slow ports a very large capital was needed to keep this large concern in good working order, which in those times was difficult to get.

During the times that the family lived in the nunnery at Alburquerque three of us were born there. My sister Mary my brother Robert and I, on the 26th of May 1839 , on 4th April 1841 and on 9th August 1842 respectively, and baptised in the Parish Church of San Mateos in the inner town, for then as now the town had two parish churches, San Mateos and Santa Maria del Mercado, the first for the inner town the latter for the lower town and countryside.

There I have to say that great errors were made in the register of the births and baptisms of us three for my father's birthplace are (sic) put down as in Glasgow instead of being in London . Probably these errors ocurred (sic) through the persons sent to attend to our baptisms knew no better and thought that as my grandfather's family were then living in Glasgow that my father was born there. This is the reason why the certificates of these three births are kept together with all the other ones.

As the yard, and we may say, the buildings of the nunnery were not large enough for the cork factory my father bought the Monastery of the Bare-footed Friars, situated outside north of the town and repaired not only the house but also the church annexed to it, laying out a garden in front of the house and an orchard on the east side of the house and with two yards, one in front and the other at the back of the house. He also bought as dweller? of Alburquerque a “millar?” at Mayorga. The place was a heap of ruins but with the reparations was soon a good dwelling house with stables, granaries, wine sellars (sic) and offices on the ground floor, the cloisters and rooms about them were for the cork cutters and in the centre a large cistern took up the water from those roofs and was always full of rainwater. Here on the 5th October 1843 my brother Edward was born and baptised in the Parish Church of Santa Maria del Mercado and my father sent Don Francisco Esparrago to see that no error was made in registering the birth and in it my father's birthplace was put down right in London, as it should have been in my certificate of birth.

Then they had also in their employ in Portalegre Antonio dos Reis, the two Reixas, Portuguese, and Richard Lynch an Irishman. One of the Reichas (sic) and Richard Lynch were great friends and both used to get the worse of drinking. Fragoso used to say that one night, indeed far in and just before dawn the two friends, knocked at the gate and when he opened it they were as drunk as they could be and kept going from the convent to Reichas house and accompany each other as they would (not) part, and at last tired out of their nonsense he, Fragoso, pull (sic) in the Irish and shoved off the Portuguese, shut the gate and went to bed and the two drunken friends kept talking to each other through the keyhole till dawn came on a (sic) cleared their brains. It was for this “pecadillos” and others that Richard Lynch was sent to Estremoz, and after was sent away to Ireland as Irishlike kept on getting drunk whenever he got the chance when my father was away.

There was another clerk, a Portuguese from Torres Novas who for brevity's sale we will (call) Joaquim. Who was admitted in their employment as my father took pity on his sad forlorn position. When asked by my father why he was there in that state, the two alone in the counting house why he had left Portugal . It seems in a quarrel in a love affair he killed a man in self-defence as the murdered man had sworn to have his life for supplanting (him) in that love affair. And as the murdered man had great influence in that town his family and friends advised him to fly to Spain which he had done; and hearing that an Englishman was living at Alburquerque he came over from San Vicente and came for work and protection.

My father questioned closely and after hearing him took pity on the man and gave him work in the factory for a few weeks and writing to his friends in Lisbon about the murder at Torres Novas got a confirmation of what the man had told him. And as he found Joaquim to be very useful in the counting-house and factory gave perminant (sic) work, and as it turned out afterwards the confidence that my father placed in him was well deserved.

Those times were scarcely peaceful or safe, for the dregs of the Carlist and Miguelites were still to be found here and there in both countries and more so about the frontiers and great precautions were used when travelling about from one cork factory to the other and they never let out where they were going to or when starting out. Once my father was expected at Portalegre, but instead of going himself sent Joaquim with instructions and money for Antonio dos Reis, who was in charge of that cork factory. Joaquim left Alburquerque at night without anybody but my father (knowing) that he was going out. Nothing happened to him on his way out and having delivered the instructions and money to Antonio dos Reis he set out to Alburquerque with some workmen that Antonio dos Reis was sending back to Alburquerque. But at Arronches, Joaquim went ahead and did not wait for the men. But just at the frontier between Arronches and the Cordiera (Cordillera?) he was stopped by a gang of freebooters demanding in threatening manners for money, finding none they then asked him to tell them were(sic) his master, the Englishman, was then. Joaquim at first said he did not know, as it was true, and when the chief of the gang became more threatening he would not say a word and you may say became dumb to all their questions, and threats.. Until the chief ordered four of his men to stand in line before Joaquim, to load the guns and at his command to fire on their prisoner if he refused to give the information asked from him. But still Joaquim remain (sic) silent and impassive. Then they made him kneel down with his back to the four men who had load (sic) their guns and held them on their shoulders ready to fire at the command of their chief to do so. But there he stood kneeling erect in that position without a move and without uttering a word or groan. Then the chief gave him the last chance for his life by telling him that he would count twenty minutes (seconds?) before ordering his men to fire and kill him with four bullets in his body, but still the prisoner stood upright without a move or uttering a sound then from the back row of men “Basta, basta” was heard, and then the chief went up to Joaquim kicked (him) down and the poor man fell senseless to the ground and when some of the men were trying to catch Joaquim's horse a shout was heard from one of the lookouts that peole were coming up and in a few minutes the gang had disappeared leaving the man still senseless on the road his horse feeding by the roadside. The people coming were the workmen, who instead of coming with Joaquim had remained longer behind in a wineshop and arrived too late to save him from all that violence. After some trouble they got Joaquim out of his dead like swoon and getting him on his horse started for Alburquerque via the Cordiera where they arrived without any more trouble. To the men Joaquim said that he had been laid up by highwaymen and beating (sic) but to my father told him all what had happened. Next Sunday the whole was known through one of the gang of freebooters that had come in during the Saturday night. The rumours increased when Joaquim became very ill and died.

In the early part of 1841 we find my father in Edinburgh where he had gone to bring his mother and sister to London . In a letter to his aunt, Mary Hunter, he tells her that they had a good passage to London without being seasick and that they were looking out for a new house as the one where my grandfather was living was in a place, Ratcliffe High Wall, not fit for his mother and sister. They seem to have got one at Putney Lane (this must be Laurence Pountney Lane, in the City), for some of my grandfather's letters then are dated from this place. My father was back at Alburquerque in the summer of that year.

About this time the cork factory at Zahiños was removed to Oliva, where it remained until 1853, and where in August of 1841 we find my father as also in Seville about the end of that year. About this time the Catalans were making corks and it (was then) when Carlos Plaz came into their employ. The concern was carried (on) in the name of Thomas Reynolds & Son.

As it could not otherwise happen that enormous increase in the business in only 5 years, from 1833 to 1841, not enough capital was disposable to prevent a serious crisis to come and the failure of Don Antonio de la Riba by which £12,000 were lost crippled that large concern, and though my father on his own responsibility alone raised raised (sic) with the Seville Bankers of Reserva? 1,000$00 or say £9,000 sterling placing as security to those Bankers his corkforest leases, his cork factories, the stocks of raw and prepared corkwood in all the cork factories and stores.

But even so they could not get over the further needs of moneys to the concern and although my father fought against all these odds, want of enough capital, no roads, no telegraphs and slow but dear ports, made him reduce the business as he did in 1848 as is shown further on.

Before he raised the above loan, his father made and signed the following deed, which to a certain extent explains why my father could freely sign it. My Grandfather was in London as already said in March 1840 but was back again at Alburquerque in September 1840 and back again to London in the following month, October. Probably came back to sign this deed.

 

“En la villa de Alburquerque en 9 de setiembro 1840 ---------- el Escribano y testigo que espresaran (?), que presente Don Tomas Reynolds, de nacion inglesa, residente en esta villa, de estado casado -------- conosco Digo: que D. Tomas Reynolds su hijo de edad de 29 anos se encuentra en su compañia, tiene separada economía (que) maneja por su cuenta y sin embargo de que todo esto no puede hacerlo sin necesidad de autorizacion suya, con el objeto de evitar que se pueda poner trabas en ningum caso y -----entorpeza sus negociaciones alegandose que este concepto equivalando el mas pequeno obstáclo (sic) que se impida de libre voluntad de cuanto se convenga praticar en su virtud (?) otorgar. Que manifiesta de su libre e espontanea voluntad que autoriza en divida forma y da amplas faculdades al referido su hijo, D. Tomas Reynolds para que trate y contrate con entera libertad y sobre todo como si fuese padre de familia, por que realmente no está debajo de su potestad aprovando ratificando desde este acto todo lo que hasta el dia ---------- hecho ------------ que para el caso en que se quera poner en duda de si está o no sujeto a la patria potestad se podia o que conceptuandole como hijo de familia contratar como va esperado le concede sus faculdades y le autoriza del modo que (na) (?) espresado sin limitacion alguna y para que asi lo haga constar siempre y cuando le convenga lo manifiesta por la presente Escriptura declaratória que firma; siendo testigo Don Franciso Esparrago, D. Juan Dias Gonzalez, Don Andrés Canbull de esta ciudad. Tomas Reynolds, Juan Duarte Santos.

 

The following is the English verson of the above deed:

In the town of Alburquerque in the month of September, 1840, before the Notary and witness who also declare that Thomas Reynolds was present, an English subject of the married state, and who I swear I know: Said that his son Thomas Reynolds twenty nine years of age; is living in his company, has separate economical establishment, manages on his own account businesses with his own capital and has many commissions which he also carries on his own account and he can do so without the need of his authority; yet with the object of avoiding or of raising impediments in any case nor of putting obstacles in the negotiations alleging that he is still under his control, nor that this idea can be worth(y) of the slightest obstacle debaring (sic) him of freewill when convenient to do so in his own behalf: Declares that he herewith manifests of his free and spontaneous wish that he authorises in due form, giving the most ample faculties to his refered (sic) son Thomas Reynolds to be able to treat and contract with complete liberty and above as father of a family; for really he is not under parental authority if he could or can be taken as son of the family, and yet contract as such and as expressed does grant all such powers and authorises by the manner already expressed and without any limitation. And for this to be known always and when needed he manifests it by the present deed of declaration which he signs with the witnesses Andrew Canbull of this town, Thomas Reynolds, before me Juan Duarte Santos.”

By this deed we see my father working alone and by himself as far as Spain and Portugal were concerned and seemingly carry on the business in these two countries separately from the firm of Thomas Reynolds & Son in London, although he seemed to be connected somehow with this firm too. At the head of this firm was my Grandfather in London to where he returned after signing the above-mentioned deed. Then in Nº 51 Crutched Friars.

In one of his letters to Lindenberg my father writes under date of 9th June 1839 the following sentence. “A bout cutting up cork that will answer for England it will by no means pay us but as there cutting to the amount of some tons, if anything can be got from them it will help to pay our expenses...” my father states that in Oporto he was offered 480 reis per gross by the wine merchants there.

And again to the same firm of Lindenberg & Co. he writes under date of 26th June 1839 the following paragraph.

“L et me know what quantity of corks and quarters you will take as on account of the corkwood coming from unprepared from the cork forests this year there will be a large quantity of cuttings and a great quantity of corks could be got, but the price is too low.”

Bu cuttings I suppose my father ment (sic) “cachos” in Spanish “bocados”in Portuguese, the protection given to corks made in England, made them TR & Sons to cut corks in London by the Catalans then sent there some forty odd.

Four of us were born in the monastery, Edward as already mentioned, my sister Marion, the first Henry, who died in infancy, a few months old, and the other Henry, the two, Marion and the last Henry on 2nd April 1845 and 2nd August 1848 respectively.

About 1845/46 my father took my brothers Thomas and Robert, and my sister Mary, to Lisbon aged 9, 5 and 7 and from there my grandfather, who was waiting for them there was to take them to London on board a sailing vessel!! Maria Gomes the servant, then a widow, went with them as far as Lisbon only and after seeing them on board in charge of my grandfather both my father and she returned to Alburquerque. Maria was the sister of Francisco Gomes, “Cigano Hespanol”; although not a gypsy was called so for being a Spaniard and dealing in horses, mules and donkeys. He was the father of Thomas and Joaquim Gomes.

The sending of my sister and my brother Robert so young from their mother was cruel, and poor things must have suffered a great (deal) in that ship and until they were in the charge of my grandmother and my aunt Eliza. In the latter they found a second mother, and although my grandmother was generally kind to them and when she went to New Zealand would not part from (them), yet sometimes her exacting temper, made them suffer a good deal. Sending my eldest brother to London to be there educated was a wise step, but sending the other too (sic) was unwise. This step was the cause of my father taking us to New Zealand ten years after and leaving the business, which he had carried on with his father for 9 years from 1836 to 1845 and by himself from 1845/56 and thus leaving a splendid fortune behind him to his brother Robert, who, though increased yet he was not the man to turn out the business to a critical pitch he and my father together would have made it.

In the winter of 1847/48 we came from Alburquerque to Igrejinha; that house that stands just before the “Monte” of the Barrocas, within a distance of a mile, when the family left Spain for good. We had been there the previous spring too but had returned back to Alburquerque before the hot weather had come on. The cork factory had been there since 1845, indeed it was the first one at Estremoz. My father, as he always did repaired the house for it was in complete ruins, and the Chapel from which the place was named was decorated only with large smudged paintings were (sic) the altar had stood and which was used then as stores for the manufactured goods. Those houses and chapel belonged to the monk-knights of the Order of Aviz to whom all those properties about belonged but which were sold to several people in Lisbon when the monks were turned out of the convents. The people about used to tell that “Monte” (or country or farmhouse) was built for these in the early part of the fourteenth century and it certainly looks by its solid walls and large vaulted rooms as built by those who knew and could do so well.

Although I was only six years of age then I still can remember while sitting by the fire in the evenings hearing deep howlings far away which I was told were the howlings of wolves, which of course terrified me. Probably these howlings were of the wolfhounds, guarding the flock of goats of the Barrocas farmer, for though wolves were about in that then dense brushwood covered countryside yet it was improbable that these animals would come so near the dwellings of people so early in the evening. Next morning I went with one of the servants to fetch the goat's milk for our breakfast and I was horrified to see a kid badly bitten by wolves. The goatherds were just milking the goats and all the other kids about thirty of them were still shut up in their pen bleating out their impatience to get to their mothers.

Whilst the bitten kid stood outside with its mother. Lying about near the pens three enormous wolf hounds were lying down basking in the warm spring sun which the sight of them reassured me from the fear of wolves.

The goatherds told the servant that the evening before a pair of wolves, mother and father, with their half-grown cubs had rushed the herd of goats as these were brousing (sic) under the cork trees, scatering (sic) them everywhere carrying two away and biting others before they and the wolf hounds could prevent them, but in time to save the bitten kid from being carried away by one of the cubs for it had to drop its prey or else be caught by the wolf hounds. All this made me so nervous when I went to bed that my mother or one of the maids had to sit by my bed until I was fast asleep. The countryside from the Orada north to the Serra de Ossa even with two miles of Redondo in the south to Azaruja Evoramonte and within a league of Estremoz west was densely covered with high brushwood giving cover to wolves and foxes. The wolves came generally late in autumn from the high mountains and disappear (sic) about the beginning of summer.

After the end of the spring the family moved from the Igrejinha to Estremoz fixing their residence in Salta-Regos' house in the Rua de São Pedro to where the Estremoz cork factory was opened until the Quinta do Carmo was prepared for us to reside. My uncle Robert, when he came to Estremoz used to live in a small house and yard in this same street, and here he was when in 1847 a revolution came on in the country again, and so bad was the political state in Lisbon that the Queen Donna Maria 11, wanted to leave the country. Then Estremoz was besieged by the rebel forces of this most ridiculous and criminal uprising.

While the siege was carried on the general in command of the rebels was sniped and killed just as he was leading his men from the gates of Santo Antonio to the Outeiro of São José; the weakest part of the fortifications of Estremoz considered then only below the fifth in strength to Elvas, Castello Rodrigo and Almeida. With the death of their leader the besiegers lost heart and the news of the Spaniards crossing the frontiers they lost heart and retired. Great Britain, Spain and France stood for the Queen's authority. The first sending her fleet on the Tagus, the second by sending her troops across the frontiers and occupying Elvas and Estremoz without firing off a gun. While France in the eve of a revolution too did not move. And thus this awful uprising colapsed(sic) When the Spanish troops marched across their frontiers to their quarters and the British fleet sailed out of the Tagus. The Spaniards leaving behind the fame of good comportment and discipline. Since then, from 1847 to 1891, and even from 1891 to 1898, fifty years we may say, Portugal enjoyed peace and prosperity.

Summary of the preceding Chapter.

In this Chapter we see a further move from Santiago do Escoural to Villa Viçosa and from this last town to Alburquerque, and that in three years from 1838 to 1841, my father had increased the concern to we may say an unwieldy extent with the best cork forests, see page (blank) in his hands; with four cork factories in Spain , with three in Portugal , with stores for storing the prepared corkwood in Seville , Vila Real in the mouth of the Guadiana Algarve and in Lisbon. That all was done without proper roads without telegraphs and with dear and slow ports. That the firm of Thomas Reynolds & Sons, a continuation of the Oporto and Lisbon concern of my Grandfather was started in London under the sole management of my Grandfather. Also that my father began making corks out of the cuttings (“bocados” or “cachos”). That through the failure of Don Antonio de la Riba the Spanish and Portuguese concern lost £12,000. That my father got a loan of £9,000 to £10,000 in Seville and was able to carry the business in Spain for other seven years. 1841/48 And that by loss of the £1 2,000 and the difficulties of transports by bad roads etc. made him give up carry on the concern in Spain and decided to carry on the business solely in Portugal and being nearer to the good shipping port of Lisbon .

 

 

CHAPTER 4

The day we left Igrejinha I begged my father to let me go on the donkey that servant João Borrracheiro was going to take to the town to which he consented to (my) great joy as riding especially on a donkey was a great treat for me. It was a fine day in early summer and as he led the donkey would tell to were (sic) this or that road (led) to, roads that were bordered by high gum-cistus and young corktrees, and when we came to the olive groves just were (sic) (the) road struck to our left to the Arcos and Borba he who liked the juice of the grape too well as his name indicates, he told that that road led to where there was good wine and cheap too, and travelling along we reached the side from whence I saw Estremoz for the first time.

After some trouble my father got the lease of the Quinta do Carmo for six years from 1849/54 and as the place need repares (sic) they were begun in the spring of 1849. One day in the afternoon we, my mother, my father my brother Edward went to the place. Two things I remember of my first visit to the Quinta the number of ash-coloured cats sitting on the chairs in that large hall, which must have been close on a dozen, and the fowls turkey ducks and rabbits in the pateo as also the refuse of their food and dung in the place. Also two fat ugly women, which would insist in kissing to our great disgust, as both my brother Edward and I hated to be kissed. These women were the bastard sisters of the proprietor, and who tried to frighten my father out of the place alleging that it was haunted be (sic) one of their ancestors, but my father always a gentleman especially with women told them that the deed of lease was already signed and the first instalment of the rent had been paid and he could (not) forego his lease; this he said not to tell them right down that they were telling untruths.

Some weeks afterwards we all, my mother, my uncle Robert, my father and us three children (went) one afternoon to the place again where Fragoso and his wife Quintina with their daughter Carlas were there already as caretakers and where I saw no cats about and the pateo cleaned out of the heap of dirt and manure that had been thrown there for months. It was a cool day for June, too cool to last long, but which quite clear above had some dark clouds to the west. While my uncle and my father were looking (at) the work done and being doing by carpenters and masons my mother and we children were in the garden running and playing about under its shady walks and ornamental maze that then existed in that splendid garden, or round the tank feeding the gold and silver fishes. All neglected and full of weeds, but the box hedges and box trees and all the other trees amongst them the two cypress trees growing on each side of the tank, which now seem to me the same size as then, although they must have grown a good (deal) in the sixty odd years that have passed since then; seeming to me as tall then for in childhood we measure everything to our own size.

But our playing soon came to an end by my father telling my mother that a thunderstorm was coming on and we had to return home at once. When we left the garden the sun was yet free of clouds, but before the Quinta it was already hidden by dense clouds and scarcely had we left the wall of Fonte da Pedra when large raindrops as large as half crowns began to fall here and there. When my father took my brother up in his arms and my uncle Robert did the same with my sister and I clinging to my mother's hand we run as fast as we could towards the town. Luckily for us a lull of rain and wind came on until just as we got to the Gates of the town a heavy shower came on followed closely by another stop in the storm, but just as we got to the Rua de São Pedro a fearful shower of rain came on flooding streets squares and houses in the whole town, and although we had only a few yards to go when this storm broke on us yet we were supping (sic) when we got inside the house! As we did so the full blast of the storm began with lightning, thunder-bolts and thunder-claps one after the other without a moment's respite all round the town, then another deluge of rain and of hail stones fell flooding again every place and breaking every glass in the town. We had all gathered in the front parlour and while old Candida, my Uncle Robert's servant was gathering up with a swab into a bucket a lot of water that had come in through the window the storm burst on again with greater fury with three fearful thunder-bolts making the house shake to its very foundations, one of them falling in the Barracks of the Lancers, killing two men and three horses, followed by hailstones as big as a crown. When the thunderbolt fell on the Barrack old Candida fell like if shot on the wet floor and rising up as suddenly went and hid herself under some of the furniture and calling on Santa Barbara and all the saints to protect her, and rushing away to the kitchen joined the other servants praying to all the Saints. My grandfather was sitting by the kitchen fire, as it had change to cold, peacefully smoking his pipe. What the old woman said in her prayer we do not know, but probably it was something referring to heretics, which my grandfather tell “ahi vem o diabo para levar-te ao inferno” which only made the old woman more loud in her prayers. I can still remember all this, and of my mother giving me a sharp box of the ears for bursting out laughing when the old woman fell on the floor. Never before nor after did such a fearful thunderstorm burst on both Portugal and Spain.

The next days (sic) was one of those bright cool days that generally come after a wet thunderstorm and if it were not for the distruction (sic) to be seen every where nobody could think that a deluge had visited the earth; not even a pool of water was to be seen as the hungry ground with three months without a drop of rain swallowed all that flood of water and hail that had fallen on the earth for six hours.

As my father was anxious to see what damages the storm had caused in the Quinta do Carmo, he said at breakfast that he was going there and I asked to let me go with him which he did; although my mother thought that roads would be too muddy, but after me telling her that I would not step in mud she also gave her consent. The heavy rains had washed away all the dust leaving the roads quite clean and the mud had been carried to lower grounds. So carefully stepping on the hard ground I followed my father until we came to the first olive grove where we saw an unfortunate donkey that had been killed by a thunderbolt and further olive trees uprooted laying (sic) on the ground, most of those standing completely leafless by the hailstones. We found but few damages in the house as the sashes had not been put up yet but in the garden most of the trees in centre had suffered severely by many branches being snatched of (sic) and laid on the ground. They the farmer used to say that after that storm the Campo do Ameixial was never so productive. That the storm had beat in the crops as if droves of sheep had been driven over them was a fact, but sterility of most of the grounds about Estremoz was due to want of manure and consequently exhaustion and not to the effect of the storm in after years. Estremoz, as all the towns of Portugal was then not as clean as it is now for its streets were you may say only manure heaps and even its squares dirt heaps were to be seen here there and everywhere from the spring to the autumn. If a farmer needed manure for his fields he had only to get authority from the Municipality to cart away so many loads on his bullock carts as he needed without paying for them. But after the revolution of 1833/35 great changes had come on in the managements of the affairs of the town; when such men as Dr. Felipe Zagallo, Thomas da Quina, Nogueria, Reis and others, who had to fly away to foreign lands under the Miguelite regimen, for being Liberals, and who had seen in France and in England how Municipal affairs were conducted in these countries took up with energy the affairs of the town in their own hands prohibited the heaping up (of) any dirt or refuse on the streets, and thus manures got scarce and more difficult to cart away.

I do not remember the exact date that we left the town to live in the Quinta do Carmo, but it must have been in August or September of 1849 and the only thing I can remember of that day was having dinner served to us in the room which is now the bath-room, but which then had a door in the great hall for no lobby existed then anywhere in the house, excepting that leading from the great hall into the large kitchen and pateo and the only thing I can remember of this dinner was a large dish of “gaspacho” made in the way of Alburquerque where a lot of sliced tomatoes green capsicums onions and (other) ingredients (sic) were in the broken bread; and as the weather was still hot and with our running about and after racing the whole way from the town we were very hungry. The masons and carpenters had finished their work in the ground (floor) but were still at work on the upper part and in the Chapel. The latter my father had repaired by painting windows and doors and by clearing of the dust and cobwebs of years (of) neglect. He also had the Crown on the image of Our Lady of the Carmo mended.

To us children the place was paradise. Accustomed to live in the roomy? convent at Alburquerque with its gardens and orchard the house at Rua de S. Pedro was only a prison, as also extremely hot in summer and very cold in winter. Besides the large house and yards, we had the inside Quinta with its shady walks mazes to run about and play hide and seek to where my father and mother used to take (us) when the weather (was) fine or dry.

In the six years we were there we enjoyed good health although sometimes some of us were laid up most through going out too much under the hot (sun) or getting wet feet running across the yard.

An enormous quantity of corkwood had been piled up not only in backyards and “Picadero” but also in the large yard in front from such cork forests, as the Granja, Barrocas, Igrejinha, Murtas, Vale de Zebro and others. All the small houses in the place and outside were inhabited by the workmen, mostly Spaniards and which before my father had leased were in ruins and empty. (It) was like an ant hill with so many men women and children going about. I remember seeing one of the large single roomed houses divided into for (sic) compartments by a wall seven feet high for each couple and there (sic) children. The right side of the house was for the workmen, facers? squares? and cork cutters who got in through wooden steps placed against the last window on the northside corner, but having the door to this part of the house in the hall shut and barred as also the door leading into the large kitchen, which was only used by us after 1852 when the family was larger. Up above the Chapel was the house of “enchuga” (presumably from enxugar, where the corks were dried) and where the sorters sorted the corks. All the rooms of the pateo were used by us, the furthest off from the entrance was my grandfather's sleeping room until he left for London. The others were occupied by Fragoso and his family, and the other was used by my mother as a pantry, above this last place was a loft where the pigeons brought (from) Alburquerque were put, but by some carelessness of a servant the window was left open and the birds would never nest but did in the holes of the back walls about the belfry, in the lofts above the large rooms, but they did (not) last there long and disappeared completely out of the place.

Shortly after my mother's mother with her grand-daughter Joaquina came from Azaruja and lived in the house above the coachhouse, with a kitchen three rooms and a small yard at the back of the house and where we children had our gardens and playground. And this was the reason why we were always running from the large house to my Grandmother's place.

The winter of 1849/50 was a cold one and though a large brazier was kept full of red hot embers yet my grandfather although he had a fire in his own room, would sit by the kitchen fire, next the pateo and there with his favourite grandchildren, my brother Henry, sitting on his knees, sing to us children now cavalier song with the refrain of:

 

“Over the water oe'r the lea

Over the water to Charlie,

Charlie loves good ale good brandy

And lasses as sweet as sugar candy”.

 

And others as “The Campbells are coming” and “The White Rock Cave?“ and on Sundays for he was a strict Sabbath keeper he would (read) the Psalms of David and hymns too, but his favourite Psalm was the hundredth, Martin Luther's favourite too. Many years after in New Zealand he would sing it and as he had a very good ear and a very sweet voice it was quite a treat for us to hear him. Although out of place here I cannot but write it down here for it is a grand anthem both in music and words.

 

All people that on earth do dwell

Sing to the Lord in a cheerful voice

Him serve with mirth his praise foretell

Come ye before him rejoicing

Know that the Lord is good indeed

Without our aid he did us make.

We are his flock he does us feed

And for his sheep he does us take

 

O enter then his gates with praise

Approach with joy his courts unto,

Praise, laud and bless his name always

For why? The Lord is good is good

His mercy is for ever sure

His truth at all times firmly stood

And shall from age to age endure.

 

(Hymns Ancient and Modern, number 56, adapted from the 100t h Psalm as William says. The quotation does credit to his powers of memory, though there are some departures from the printed version, and the line which should properly come after ‘Praise, laud and bless his name always' is missing, being ‘For it is seemly so to do')

About this time my aunt Eliza was married to James MacAndrew a native of Aberdeen , but in business in London and I suppose became intimate with the family, then living at Blackheath Terrace London , through frequenting the same church as the family did, the Free Church of Scotland. My aunt was then about eighteen years of age a bright clever and well-educated woman a scarcely fit mate for a cold taciturn Scotsman. I always heard that it was not a love match and that it was brought about by pressure of both my grandmother and my uncle William too. We, my brothers and sisters and I, did not like him due I suppose to his cold distant manner. With the three eldest it was not to be wondered at for my aunt had been to the three a second mother and it must have been a great pang to them, especially to Robert the youngest, to see her leaving her home and they left only under my Grandmother's exacting temper. My aunt had been educated at a Glasgow school and afterwards at Mrs. Evans boarding school in London could draw and paint well and like her father had a good ear and she played the piano with execution and great taste. This marriage you may say was the cause of most of the family leaving London and bringing on the loss of selling the goods directly by ourselves as it was done then by Thomas Reynolds & Son. All this benefit of Fisher and Howard whose firms were selling our goods and the goods made a clear turn over of £3,000 per annum.

The Free Church of Scotland like all connections? fought hard against the old Establishment and her head people started a settlement in the south of the South Island of NZ, not to be behind the Church of England when it started a colony with Church of England adherents in New Zealand , in the south Island called Canterbury with Christchurch for its capital. The Scotch settlement was called Otago, the Maori name of the Heads of the Harbour, with Dunedin for its capital. The family in London as mentioned before attended the Free Church chapel in London and James Macandrew not succeeding in business decided to immigrate to the Scotch settlement that had been started by the immigrants of the ship “P hilip Laing” 1848/49 landing at the south end of the harbour. And as my grandmother would go where her daughter (went) and my Uncle William would go where his mother went they prevailed on my grandfather when he reached London from the Quinta do Carmo, although my father and my uncle Robert had asked him to stop their mother from going too.

But I think that my grandfather was more inclined to immigrate too than remain in England and his pleading if he really made came to nought. My father was dead against the family leaving London for it meant nothing less than crippling the business by the loss of their office in John's street near Trinity Square London where the sellings of their corkwood corks and wool were transacted. The business in Spain and Portugal for they had still the Oliva cork factory working began soon to feel the loss of the concern in London, Thomas Reynolds & Sons, as the sales became less and slower.

To me it was always a matter of great surprise that my father in this crisis did not betake himself first alone to London, stop the children from being taken to New Zealand and after take us all there and conduct the - (And here, at the end of William's page 42, we come to an end of his memoirs. There is no doubt that he continued them: we can imagine him, dipping his pen into the inkwell and pulling a fresh page towards him, writing surely the word “business” and continuing his writing, stopping now and again to consult the notes and papers arranged on his desk. He was then a healthy man somewhere between sixty and seventy years of age, writing with a firm hand and sure of the accuracy of his memory) - William's particular aim throughout his story seems to be to give an fair and accurate account to the younger generation of the origins and history of the family business. The missing papers must deal in more detail than we can ever know with the troubled relations between William's father Thomas and his uncle and father-in-law Robert, which arose from Thomas' strongly-pressed claim, from New Zealand, to a share of the large fortune his brother Robert had built upon - according to Thomas - the foundations laid by him. Robert's death, and William's marriage to his cousin Eliza, took most of the wind out of Thomas' sails, but we know that he pressed his claim for several years afterwards, and it may have been his brother William's intervention (which we know of from a letter from William Hunter to William his nephew, dated ....) that brought an end to the dispute. On what terms, we do not know.

William, with a foot in both camps, was in good position to assess the fairness of his father's claim,and the justice of Robert's objections, though it must have been an uncomfortable position to occupy.

Perhaps the rest of his narrative lies somewhere in New Zealand , perhaps it found its way to Spain , perhaps it was thrown away when the family finally sold the Casa Inglesa and moved out in 1978/9. Madalena says that most papers had been thrown away when she intervened to save the rest. A theory widely held in the family, however, is that the facts as recalled by William did not meet with someone's approval, and that “someone” deliberately destroyed the remaining pages of his memoirs, leaving only the first, less polemic, part of the work.

Frustrated, tantalised and disappointed, William's heirs can only hope that, by a little miracle, they might one day be able to read the rest of his story.

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